sábado, 10 de febrero de 2018

Hombre lobo

La memoria de tu cuerpo en mi cuerpo,
tu recuerdo en la punta de mis dedos.
Adivino el tacto de tu piel
con los ojos cerrados,
y el alma abierta de par en par.

Sigo teniendo cadáveres en el armario
y heridas en el pecho.
Ando repleto de secretos al caer la noche
y en cada sueño vuelvo a ser
un hombre lobo más,
en este Paris
de esta noche húmeda,
con este viento que me arrastra
por callejones lóbregos
pintados de miedos y remiendos,
cargados de llantos
que una vez se creyeron gotas de lluvia
hambrientas de mares remotos.

En esta maldición que me convierte en hombre
no hay balas de plata con las que escapar,
tan sólo el recuerdo del sabor de tus besos
el color de tus caricias
y el ruido de tu mirada.

Dulce tortura en el eco de un reflejo en el cristal.

sábado, 3 de febrero de 2018

Te veo acechándome

Te veo acechándome, pero de nada te vale.
Frente a la náusea, yo escucho a Sinatra.
Afila tus garras, da igual.
Durante la quimio, tengo a Horacio Quiroga y sus cuentos de la selva, navego bajo las aguas en el Nautilus y resuelvo asesinatos con Poirot. Prueba a romper éso con tu mazo sediento de oscuridad y destrucción.
Y si al final ganas la última batalla y crees que has vencido esta guerra, si acaso te regodeas en la metástasis, y te da por llamar ya a la muerte de negro manto y afilada guadaña, borra de tu fea cara esa sonrisa malvada, abre bien los ojos y fíjate bien: quién está conmigo, quién me seguirá sujetando la mano hasta el final, en quién dejaré mi recuerdo.
Así que, pase lo que pase, salga de aquí como salga, yo sigo ganando. Lanza tu mejor golpe, que me seguiré levantando, hasta que te canses.
Porque tengo a John Wayne en La Diligencia, y tengo a los AC/DC en una autopista al infierno, y tengo el Guernica de Picasso, y tengo a Alfredo Landa en el Crack, y tengo a Les Luthiers y su Mastropiero, y tengo a Jimmy Hendrix tocando con su zurda una guitarra celestial. Y a Miguel Hernández, y a Antonio Machado, y a García Lorca. Y tengo a Cary Grant, y a James Stewart, y la voz de pato de Humphrey Bogart. Y a Lauren Bacall, que le silba, y a Katherine Hepburn con Spencer Tracy. Y a Laurel y a Hardy.
Y tengo a mis amigos.
Y tengo a mi familia.
Y me tengo a mi mismo, y esta rabia que no sabías.
Y tengo puzles por empezar y terminar, y piezas que perder y cagarme en todo. Y tengo libros que escribir, y cartas que responder, y películas que ver de nuevo en blu ray, y en lo que salga después del blu ray. Y noches en que no dormir, y cuerpos que redescubrir, y notas que firmar, y broncas que dar y recibir, y perdones que pedir y regalar. Y meriendas y cafés, y cenas a la luz de la luna, y mañanas de invierno, y tardes de verano.
Clava tu puñal si quieres: en la espalda, el pecho o en el costado. Que yo seguiré suspirando, y te seguiré enseñando este dedo anular, ¿lo ves?
Así que de frente, o de canto, o como te dé la gana, lanza tu puño y atrévete.
Porque tengo aún mucha mala leche, y respuestas a destiempo, y faltas de respeto, y preguntas incómodas, y meteduras de pata. Y los huevos cuadrados.
Así que sal de tu escondrijo, y dispara con todo lo que tengas.
Porque esta partida hace tiempo que la gané yo.

lunes, 29 de enero de 2018

El ángel y el hombre

El hombre miraba su cuerpo inánime con una triste expresión en su cara.
- Estamos tan acostumbrados a los finales felices, que nos sentimos defraudados cuando al final perdemos la batalla. – dijo el ángel, con su voz tranquila y reconfortante, apenas acompañado de un temblor en sus grandes alas mientras colocaba amorosamente, su mano en el hombro del hombre.
- Sí, lo sé. Pero siento aun esta rabia, esta impotencia de no haber sabido dar la talla. – dijo el hombre, que seguía viéndose a si mismo, aunque aquel mundo terrenal se le iba haciendo cada vez más extraño y alejado.
- Qué tontería. Diste la talla de sobra. Sólo pierden las batallas los que las luchan. Nadie gana eternamente. – dijo el ángel.
- ¿Y ellos? – preguntó el hombre.
- Ellos te llorarán, te echarán de menos, pero llegará el momento en que les reconfortará el recuerdo del tiempo que compartieron contigo.
El hombre miró la serena cara del ángel. Su cuerpo, su familia y sus amigos apenas se podían distinguir ya, tantos velos habían caído entre ellos y el hombre.
- ¿Vamos ya? – dijo el ángel.
- Vamos – respondió el hombre.

viernes, 26 de enero de 2018

Yo solo

Adrián lo intentó otra vez. Este era el día, y de aquí no pasaba. Con cuidado, se puso el adhesivo de la bolsa en la piel, esta vez sí, rodeando la colostomía. Había abusado demasiado de Isabel. Es verdad que ella no se quejaba de colocársela, y tenía unos dedos finos y hábiles, aunque con la artritis ya no eran lo que habían sido. Él en cambio, siempre había tenido unos dedazos grandes y toscos, torpes para este tipo de cosas. “A cada uno lo suyo”, pensaba. Isabel había cosido y bordado muchos años con sus manos gráciles y delicadas, y a él las suyas, fuertes y duras, le habían venido bien para el azadón o para descargar sacos de piensos del camión. Ahora, con ochenta años, y setenta y pico ella – juraría que antes tenían la misma edad, pero ya se sabe, algunas mujeres, de vez en cuando, cumplen hacia atrás – todas esas cosas tenían poca importancia. Ni Isabel bordaba ya, ni él tenía que pasarse el día doblando el lomo bajo el sol. “Y ya era hora”, pensó. No lo echaba de menos. Llevaba toda la vida trabajando. Cuando se jubiló, muchos de sus compañeros le preguntaron, con guasa, qué iba a hacer con tanto tiempo. Entre risas aseguraban que Adrián, siempre el primero en el curro sin importar el día, no aguantaría sin volver al tajo. Adrián los miraba con una sonrisa irónica. Que trabajen los jóvenes, él ya había hecho su parte. En todos los años que tan rápido habían pasado desde entonces, no se arrepintió ni por un segundo. Dedicar sus tardes a pasear con Isabel, o ver tranquilo el futbol en la tele, éso era el paraíso para él. Se lo había ganado.
Se miró en el espejo. La bolsa colgaba en su costado, todavía limpia, discreta. Así vista, no era para tanto, y sin embargo... Llevaba meses aterrado de que los demás la descubrieran y se dieran cuenta de que, al final, también él sucumbía a los años y la enfermedad. Porque Adrián, cuando se miraba al espejo no veía un señor mayor con cáncer. Él seguía viendo al Adrián invencible, el que había sido toda su vida y que siempre había ido con la cabeza bien alta. O así había sido hasta hacía bien poco. Hasta que apareció la maldita bolsa. Desde entonces, prácticamente sólo salía de casa para ir a la quimio. Le daba vergüenza que se le notara, bajo sus ropas, aquella bolsa del infierno. Entretanto, Isabel se ocupaba de todo. De poner y quitar la bolsa, de ir a la compra, hacer las camas y limpiar, de cocinar, de esperar pacientemente en la sala de espera cuando le tocaba quimio… Bendita mujer.
Se vistió la camisa, con cuidado de no tocar la bolsa, y sobre ella un jersey, granate y amplio, y salió del baño, en silencio, sin despertarla.
La noche anterior lo había dejado todo preparado: la ropa, en el baño, debajo de unas toallas; los zapatos, detrás del sofá; incluso el audífono, con pilas, encima de la mesilla. En secreto, para que no se enterara Isabel. Se guardó las llaves en el bolsillo, y de puntillas salió de casa.
Cuando Adrián volvió a casa, Isabel ya estaba en pie, y la expresión de su cara no terminaba de decidirse entre mostrar sorpresa, enfado o preocupación, o las tres al mismo tiempo.
- Te he traído churros – dijo Adrián. Su plan había sido traerle un regalo un poco más emotivo, pero había salido tan temprano que la churrería de Maricarmen era lo único que encontró abierto.
- ¿Y la bolsa? – dice Isabel, que no acierta a entender lo sucedido.
- ¿La de los churros?
- Déjame de churros. La tuya, Adrián.
- Pues me la he puesto yo solito. Como voy a hacer a partir de ahora, cuando salga a hacer los recados. Mientras pueda, ¿no?
A Isabel, un par de lágrimas se le agolparon en los ojos, aunque ella no era mujer de llorar, y menos de alegría. Sabía que Adrián, a veces, se tomaba su tiempo, pero al final, cogía el toro por los cuernos. Como siempre había hecho.
- ¿Qué pasa, ahora no te gustan los churros? – preguntó Adrián.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Víspera de Reyes

Osea, a ver cómo lo explico… Imaginad que congeláis este instante. Así, muy bien.
Como podréis ver, estamos en el interior de un banco. La Caixa, en concreto. No os preocupéis: los dos personajes que salen en primerísimo plano, el rey Melchor que está asestando un puñetazo en plena cara a un Santa Claus bastante desastrado, no son verdaderos. Melchor es Juan Antonio Bedoya, un delincuente especializado en golpes a sucursales bancarias. El Santa Claus al que se le está cayendo la barba y porta una AK-47 en la mano, es un albano kosovar cuyo nombre es Tarek. Si examináis bien la imagen, veréis al Rey Gaspar al fondo, con cara de aprehensión. Ése soy yo. Al otro lado hay una elfa rubia, bastante más interesante. Además, se puede ver al rey Baltasar, el de la cara pintada de negro. Ése es Paco Medina, alias el Belloto, y está intentando evitar que Juan Antonio le parta la cara a Tarek. Detrás de éste, hay otro elfo. Es muy distinto de la rubia. Es un rumano, Andrei, a quien el disfraz le queda pequeño. Normal. Andrei mide casi dos metros. Es un elfo talla extra-grande, supongo. Ignorad al resto. Son clientes y trabajadores de La Caixa en perfecto estado de pánico.
¡Ah, ya veo que los más avispados van enhebrando el hilo! En efecto. Este instante en particular es consecuencia de, no uno, sino dos intentos de atraco. Al mismo banco. Al mismo tiempo. Por dos bandos disfrazados con motivos navideños.
Obviamente esto comenzó más atrás, y probablemente mucha de la culpa sea mía. Veréis… Me había llegado el soplo de que en aquella sucursal de La Caixa se iba a ingresar una millonada: la mayor parte de lo recaudado por los décimos de lotería del sorteo del Niño. Como habréis adivinado, estamos a 5 de enero. Ése mismo día estaba planeada una manifestación, no recuerdo ahora si pro-independencia, contra-independencia, pluri-dependencia, o lo que quiera que fuese. El caso es que la Policía estaría ocupada al otro lado de la ciudad, lo cual nos daría unos minutos extras para escapar con el botín. Todo esto se lo conté a Juan Antonio. ¿Por qué? Porque le debía dinero, y porque necesitaba músculo para la operación. Él, como siempre, terminó adjudicándose la autoría intelectual del plan y reclutó a alguien que no lo pusiera en duda: el Belloto. La idea de disfrazarnos de Reyes Magos también fue mía: podíamos camuflar fácilmente los fusiles en los amplios trajes de sus majestades y, además, una vez que saliéramos de la sucursal, nos desharíamos de los disfraces, con lo que nadie nos reconocería. Ésa era la idea. Cuando el Belloto apareció con la cara pintada de negro me di cuenta de que esa parte del plan no la había terminado de entender.
Al entrar en la sucursal y ver a Santa Claus con sus dos elfos y, sobre todo, al constatar cómo, en lugar de juguetes, extraía unas automáticas del saco, Juan Antonio entró en cólera.
            - ¡Me cago en Dios! Este atraco es nuestro – gritó.
- Pero ¿qué dices? Si hemos llegado antes – respondió Tarek con su acento de la Europa del Este.
El vigilante de seguridad no daba crédito a lo que veía. Aun así, pretendió desenfundar su revólver. La elfa, no obstante, estuvo rápida, encañonándole con su AK-47 y recomendándole que, en tanto no se aclarara la cosa, se mantuviera calmadito.
- A ver, todo el mundo quieto que esto es un atraco. Un atraco español, como dios manda – dijo Juan Antonio a voz en grito.
- A ver si me voy a cagar en tu puta madre – le respondió Tarek, que otra cosa no, pero los tacos en castellano los había aprendido rápido.
Y a continuación, pues ya saben ustedes lo que pasó. El puñetazo de Juan Antonio, los disparos al suelo y al cielo, el pandemónium, vamos.
- Hey – grité, intentando poner un poco de paz – En breve llega la poli, porque me imagino que estos señores habrán aprovechado para apretar el botón de alarma. O compartimos, o nos vamos sin nada.
Miré alrededor, y la mayoría de las caras parecían darme la razón. Muchas de ellas pertenecían a clientes del banco que se habían tirado al suelo al primer disparo y no pintaban mucho a la hora de decidir, pero Juan Antonio y Tarek, al menos, no argumentaron en contra.
- A ver, vacía la caja. La mitad en esta bolsa, para nosotros, y la mitad en esta otra, para los Reyes Magos – le indicó la elfa rubia al cajero. Éste no tardó en ponerse manos a la obra. Los AK-47 en las narices tienen ese poder de convicción.
- Bien, nos quedan exactamente, dos minutos antes de que …
- ¡Alto, policía! – escuchamos a nuestras espaldas. Dos minutos antes de lo esperado.
Y en fin, ésa es la razón por las que me encuentro ahora en la parte de atrás de un coche patrulla, vestido de Melchor, esposado. A mi lado, la elfa, esposada también.
***
- Se te está despegando el bigote – le digo al policía que conduce. No quiero engañarles, realmente, no es un policía. Es Fernando, mi cuñado. Y el coche ha sido tuneado para que parezca un coche patrulla, pero tampoco es real.
- ¿Llevas las bolsas atrás con el dinero? – pregunta Irina. Como sospecharán, no es una elfa verdadera. Es mi novia desde hace tres meses, aunque llevo sin verla un par de semanas. Las que lleva infiltrada en la banda de Tarek.
- Joder, que sí. Hemos salido de allí justo antes de que llegara la poli de verdad.
- ¿Y qué cara ha puesto Juan Antonio?
- Pues yo creo que todavía no lo ha entendido. Me imagino que para cuando pillen el engaño, tanto él como Tarek, ya estaremos en Brasil. – dice Fernando arrancándose el bigote de pega, y dirigiéndose al aeropuerto.

- Pues felices reyes – les deseo, entre risas, un poco más rico y menos honrado.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Nochebuena en Sbrenica

Aquella noche no caían bombas en Sbrenica. Era Nochebuena, y aunque no se había firmado ninguna tregua oficial, los habituales fogonazos y estelas que imprimían las baterías antiaéreas en la noche bosnia, permanecían ausentes. El estruendo de los disparos y los bombardeos había dado paso a una descompasada serenata de grillos, felices de recuperar al fin, aunque fuera brevemente, el monopolio de los ruidos nocturnos.
No sonaban grillos en el bar donde nos reuníamos los veteranos de la prensa internacional, sin embargo. A través de los viejos bafles de aquella cantina infame que se había convertido en una segunda casa para muchos de nosotros, tronaban sobre todo los AC/DC, los Led Zeppelin, y de vez en cuando, Manolo Escobar cantando “Mi Carro”, para el descojono del personal español. Ya habíamos cenado, pavo por supuesto, gentileza del destacamento de cascos azules americanos. Les había sobrado de Acción de Gracias, y los habían mantenido congelados en unas cámaras frigoríficas que debían consumir la mitad de la electricidad de todo el campamento.
Paco estaba de una mala ostia impresionante. Bebía su whisky en un rincón, con cara de pocos amigos. No debía abusar del alcohol, al fin y al cabo, se había inflado a calmantes antes y después de que le amputaran lo que quedaba de las dos primeras falanges del dedo meñique, pero no iba a ser yo el loco que le quitara el whisky y le plantara una coca-cola en su lugar. Quería seguir vivo, y si ni bosnios ni serbios habían logrado mandarme al otro barrio, no era cuestión de que lo hiciera mi cámara.
No era el súbito acortamiento de su dedo meñique lo que provocaba el mal humor de mi compañero, sino el hecho de que la misma metralla que le había llevado a la enfermería de campaña, se había cargado la cámara que había llevado a hombros. Probablemente le había salvado la vida, o al menos, le había ahorrado una abultada factura en cirugía estética, al interponerse entre la esquirla y su cara, pero aquello no era consuelo para Paco. Habíamos perdido la cámara, junto con lo grabado en los dos o tres días anteriores y además, aunque pudiéramos hacernos con otra, que no era el caso, la escayola que lucía en su mano le impediría manejarla. Los compañeros de la RAI nos hicieron el favor de grabar mi crónica para la televisión española, pero Marcello no estaba dispuesto a dejar que fuera otro el que manejara su cámara, por mucho que Paco asegurara que se arrancaría la escayola. “Ni la cámara, ni la mujer se prestan, por ese orden”, decía un viejo proverbio italiano. O eso afirmaba Marcello. Así que la guerra, para Paco, se había terminado. Mandarían una nueva cámara, y con él un nuevo operador. Y Paco, de baja, a ver la guerra desde la retaguardia. Esperaba que el descanso no durara mucho. Si transcurrían más de dos meses sin volver al curro, lo más probable es que Paco se saltara la tapa de los sesos. Afortunadamente, había guerras de sobra para cubrir. Bueno, ya me entienden.
El caso es que el resto estábamos celebrando la Nochebuena a base de envenenar nuestro cuerpo a base de alcohol y los panetones que Marcello había traído de contrabando, cuando de repente se abrió la puerta y por ella entró nada más y nada menos que Papá Noel. Solo que, sospechosamente, este Papá Noel se parecía mucho a Ahmed, el más simpático de los periodistas de Al-Jazeera. Fue por todo el bar, repartiendo caramelos, y posando para los selfies que todos queríamos sacarnos con aquel Santa Claus moruno.
Paco seguía en su rincón, rumiando su desdicha, hasta que me acerqué a él.
- Paco, joder, sácate una foto con Papá Noel – le dije.
- Ni Mamá Tampoco. Anda y vete a la mierda – respondió.
- ¿Apostamos a que te ríes? – pregunté.
- ¿Apostamos a que te meto el taburete por el ojete?
- Joder, escucha. ¿Te acuerdas de la visita de la ministra?
- Claro – respondió Paco – Si tuvimos que irnos a tomar por culo para que se hiciera la fotito oficial, muy digna, con su chaleco antibalas. Como si le hiciera falta. Allí donde fue no se ha disparado una bala en toda la guerra, coño, si casi se veía Grecia desde allí. Putos políticos.
- ¿Y te acuerdas de la que lió con su abrigo?
- Sí, que se lo quitó para salir en la foto con el chaleco antibalas – rememoró Paco - y después no aparecía por ningún lado. La bronca que le montó al general Carreras, delante de todo el mundo. Para nada, al final se tuvo que volver sin el abrigo.
- ¿Y cómo era el abrigo?
- Joder, la que me estás dando con el puto abrigo.
- Venga, Paco. ¿Cómo era el abrigo de la ministra? – insistí.
- Pues era un plumas rojo chillón, lo más apropiado para traerse a la guerra. Para cuando tienes un blanco bien claro, resulta que no hay un francotirador serbio a mano.
- ¿Un plumas rojo como el que lleva Santa Claus? – pregunté guiñándole un ojo.
- ¡No me jodas! – dijo Paco, levantándose de repente y acercándose hasta donde Ahmed se abrazaba con un fotógrafo alemán.
Paco cogió a Ahmed por los hombros mientras admiraba el improvisado disfraz de Papá Noel. El periodista de Al-Jazeera no mediría más de 1’70 y no pesaría ni 50 kilos, pero con el plumas aquel, simulaba la corpulencia del barbudo Santa Claus. Ni que decir tiene que gané la apuesta: Paco se descojonó.
Al día siguiente las bombas volvieron a asolar Sbrenica, y Paco volvió a Madrid con medio dedo menos. Llevaba el plumas rojo de la ministra en la maleta. Lo mandó encuadrar, y lo colgó de la pared de su apartamento. Unos años antes de volarse la cabeza, me confesó que aquella fue la mejor nochebuena que había pasado en su puta vida. Y yo, por supuesto, le di la razón.








lunes, 25 de diciembre de 2017

Papá no es.

A Álvaro le encantaban las películas antiguas, sobre todo las de blanco y negro. Por eso había intentado coger a Jaime por las solapas, como había visto hacer a James Cagney en una de gánsteres. Por desgracia, ni Jaime, ni probablemente ningún otro niño del barrio, vestía chaqueta y corbata, por lo que el gesto, aunque aún amenazante, carecía de la belleza plástica que tanto le había impresionado cuando vio la película, al no contar el jersey de Jaime con solapas por las que sostenerlo.
- Retíralo ahora mismo – le instó Álvaro al que, hasta hacía apenas unos minutos, era su mejor amigo.
- No me da la gana. Y suéltame el jersey, que me lo vas a agrandar – respondió Jaime, al que ese tipo de avasallamientos no le eran tan ajenos, puesto que llevaba gafas desde los tres años.
Álvaro dudó por un instante. No se esperaba que Jaime se negara a retirar que su padre estaba tan gordo como Papá Noel. Él había contado con ello, para poder después continuar jugando a las chapas como si no hubiera pasado nada. De hecho, al no tener Álvaro un plan B ni Jaime ganas de moverse mucho, siguieron ambos en la misma posición y en silencio durante unos largos e incómodos instantes.
- A lo mejor es que tu padre es en realidad Papá Noel – intervino Alicia, apaciguadora.
Tanto Álvaro como Jaime volvieron su mirada hacia ella. Alicia era normalmente la más lista de los tres. De hecho, “normalmente” quizás no fuera el adverbio apropiado: hasta entonces Alicia había sido SIEMPRE la más lista de los tres.
- Pero, ¿cómo va a ser mi padre Papá Noel?  – protestó Álvaro de mal humor, aunque relajando su asimiento del jersey de Jaime.
- Éso – asintió Jaime – Si Papá Noel es del Polo Norte. Eso lo sabe hasta… hastaaaa… hasta el Sánchez Poch.
Javier Sánchez Poch era el niño de su clase al que invariablemente torturaba públicamente don Aurelio con preguntas más o menos pertinentes con lo explicado en clase. Jaime le hubiera compadecido de no dedicarse Sánchez Poch a resarcirse de la manía que le tenía don Aurelio con sus compañeros más débiles, entre los que a menudo se encontraba él. Convertirlo en ejemplo de ignorancia era su venganza particular.
- ¿Y de dónde es tu padre? – preguntó Alicia.
- Pues… del pueblo – respondió Álvaro.
- Ya, pero cómo se llama el pueblo, listo.
Álvaro se rascaba la cabeza confundido. Ya había soltado el jersey de Jaime, que efectivamente, se había agrandado un poco más.
- Pues no me acuerdo.
- Pero una vez nevó. Me acuerdo que nos lo contaste, ¿verdad Jaime?
Jaime asintió, muy serio, aunque no tenía ni idea de qué tenía que ver aquello.
- Ya, pero…
- ¿Y quién te dice a ti que no está el pueblo de tu padre en el Polo Norte? – preguntó Alicia - Allí también nieva.
- Sí, pero en el Polo Norte nieva todo el rato, y en el pueblo de mi padre no. – respondió Álvaro, aunque comenzaba a no tenerlas todas consigo.
- Y tu padre tiene barba, como Papá Noel – añadió en ese momento Jaime.
- Pero la barba de Papá Noel es blanca, no como la de mi padre – contestó Álvaro, cruzándose de brazos, pretendiendo dar por zanjado el asunto con aquel gesto.
- A lo mejor se tiñe el pelo para que no sospechemos – apuntó Alicia quien o bien no había observado los brazos cruzados de Álvaro, o bien le importaba bien poco – Mi madre se tiñe el pelo.
- ¡Y mi abuela! – gritó Jaime.
- ¿Sabéis qué? ¡Que tú, Alicia y tu abuela, os podéis ir a la EME! – gritó Álvaro, harto ya de aquella conversación, utilizando el improperio más fuerte al que se atrevía, aunque sólo fuera mediante su letra inicial. A continuación les dio la espalda y se dirigió a grandes zancadas hacia su casa.
- ¿La “eme”? ¿Qué es la eme? – oyó decir a Jaime a sus espaldas.
- ¡Pues eso lo sabe hasta Sánchez Poch! – gritó Álvaro de nuevo mientras entraba en el portal.
Subió los peldaños de las escaleras de dos en dos, y entró en casa enfadado. Rara vez estaba echado el pestillo, así que ni se molestó en llamar a la puerta. Entró en la cocina con cara de pocos amigos, para detenerse repentinamente, transmutando su expresión en una de desconcierto. Encima de la mesa, a medio envolver con papel de regalo se encontraba nada más y nada menos que el cofre con la colección completa de películas de John Wayne. Precisamente, el regalo que había colocado en primerísimo lugar en su carta a los Reyes Magos. Y, completando el cuadro, su padre y su madre, cada uno a un lado de la mesa, con cinta adhesiva en las manos y mirándole con expresión culpable.
- ¡Álvaro! ¿Pero tú no estabas jugando con Jaime en la calle? – preguntó su madre azorada.
Clavado en la entrada de la cocina, la mirada de Álvaro se dirigía desde su padre hasta su madre, deteniéndose en las películas y en el envoltorio navideño que no había terminado de ocultarlas a su vista.
- Mira Álvaro. Yo creo que tú ya eres mayor, y hay una cosa que tienes que saber – dijo su padre con un suspiro – Escucha…
Los ojos de Álvaro se abrieron casi tanto como su boca, ante la revelación que estaba escuchando de boca de su padre.
- Pero Álvaro, hijo, ¿estás bien? – preguntó su madre con preocupación.
Sin mediar palabra, Álvaro se dirigió al balcón.
- ¡Jaime, Alicia! – gritó a sus amigos, que aún seguían en la calle - ¿Sabéis eso que decís de que mi padre es Papá Noel? ¡Pues os vais a la EME, porque resulta que es Melchor! ¡Ja!
El padre de Álvaro miró a su mujer apesadumbrado.
- Me parece que no lo ha terminado de entender – confirmó con un susurro.