sábado, 22 de julio de 2017

En esta playa

De alguna forma este cielo tan azul y despejado me hace acordarme de Catalina. Cuánto le hubiera gustado pisar la blanca y sedosa arena de esta playa, mojarse los pies en el agua salada de la orilla, probar las extrañas frutas que crecen en estos árboles, tan distintos de los que crecen en Trujillo. Cuando partí hacia Sevilla le prometí volver colmado de riquezas de las Indias, como Emiliano, el vecino, que había vuelto tan rico que compró los campos de más allá del río, donde mejor crece el trigo y la cebada. Ni siquiera esas promesas fueron suficientes para arrancarle un beso de despedida, aunque sí que bastaron para que prometiera esperarme. Promesa que ahora dudo que pueda cumplir.
Al llegar a Sevilla, no poco esfuerzo me costó embarcar en un galeón, como grumete, rumbo a las Américas. Navegamos el río sin mayor novedad, pero fue al abandonar el Guadalquivir que, de pronto, me vi frente a la inmensidad del mar. Me lo habían descrito de varias formas y maneras pero, aun así, verme allí, en aquel barco que cruzaría el Atlántico, superaba todo lo que mi pobre imaginación había podido dibujar en el tosco lienzo de mi mente. Creí, en aquellos momentos, que nunca me cansaría de contemplar aquellas olas que, incansables, animaban su superficie tiñéndola de espuma. Siempre, pensaba, estaría dispuesto a admirar el vuelo de las gaviotas en la playa que íbamos dejando atrás. No llegaría jamás el día, me aseguraba, en el que rehuyera el olor al salitre en el viento. No obstante, casi cuatro meses en cubierta me hicieron añorar, también, la tierra firme, y en especial, el campo de Extremadura, donde hasta hacía bien poco, había trabajado de sol a sol, dejándome la vida con cada golpe de azadón. La lejana esperanza de hacer fortuna en las Américas me llevó a dejar atrás mi casa y mi familia, a pesar de las advertencias de mis padres, de los consejos del cura y de la inocente mirada reprobatoria de Catalina. Pero a falta de dinero, tenía sueños, juventud y rebeldía, cualidades capaces de empujarnos a recorrer el cielo y el infierno, para bien o para mal, sin siquiera pensar en los peligros que se ciernen en aquella travesía.
Allí, en medio del océano, sobre la cubierta del barco, me sentía pequeño e insignificante. Un poco asustado también. No sabía nadar y aquello, que era común en casi todos los marineros de aquella nave, suponía una sentencia de muerte para el que cayera por la borda. Pero en la noche, teniendo sobre mi tan solo la inmensidad del cielo estrellado, recordaba a Catalina y me sonreía imaginando su sorpresa cuando llegara a Trujillo montado a lomos de un caballo y poseedor de oro suficiente como para mandar construir nuestra propia casa. Me dejaba llegar por esas ensoñaciones cada vez que el sol se ponía. No me atrevería a presumir que algo sé del alma humana, excepto que siempre deseamos aquello que se encuentra lejos de nuestra mano.
Recuerdo, ahora, aquellos días, desde esta playa en la que me encuentro, con este cielo que no puedo dejar de admirar. Mi espalda morena, curtida por el sol y el salitre, se recuesta sobre esta arena que la marea pronto cubrirá. Sé que es probable que la nostalgia imprima a mis memorias mayor ternura de la que merecen, pero así es este sentimiento que nos atrapa en los momentos menos pensados, tiñéndolo todo de una pátina que suaviza todas las aristas. Si no fuera así, sería duro recordar mi llegada a Perú, pobre como las ratas, aunque más hambriento que ellas. Busqué infructuoso algún conquistador al que servir, hasta que al fin llegó a mis oídos que Pedro de Ursúa se disponía a encontrar el legendario Eldorado. Me uní a su expedición con unos ánimos que el tiempo y las penurias vividas fueron mermando. Cuando Lope de Aguirre lideró una revuelta que terminó con la muerte de Ursúa, y su rabia diabólica comenzó a arrasar con todo a su alrededor, sin importarle si sus víctimas eran cristianos o paganos, españoles o indios, fue el momento en que descubrí que lo único que deseaba era huir de la jungla, y volver a ver el mar.
Siento las olas acariciar mis pies, tumbado en esta arena que el sol calienta lentamente, pero sin pausa, con la paciencia que yo nunca tuve, y pienso en Catalina, en sus pies manchados de tierra allá en los campos que rodean mi Trujillo natal. Me imagino a su lado, contándole el miedo que pasé intentando huir de Aguirre y de los nativos, y de las bestias e insectos que nos diezmaban. Éramos un pequeño grupo al que sólo le importaba vivir un día más y que día a día se iba reduciendo, víctimas de demasiados enemigos. Le contaría a Catalina como, en aquellos días que recuerdo grises y húmedos, llenos de barro y mosquitos, hubiera cambiado todo el oro que nunca llegué a tener por volver al mar y dejar que el agua salada mojara mis piernas, como ahora lo hace. Quizás, pienso, esta vez Catalina me abrazaría y todo lo sufrido quedaría olvidado, aunque lo dudo, porque ya nunca llegaré a Trujillo montado en un caballo. No volveré con el oro para construir nuestra casa y, por tanto, Catalina nunca se casará conmigo.
Intento mover mis brazos y mis piernas, ahora que siento que la marea moja ya mi cabeza, pero no lo consigo. Los indios me capturaron al pisar la playa. Clavaron cuatro postes en la arena y ataron cada una de mis extremidades a uno de ellos, cuando la marea estaba baja. Espero aquí tumbado, boca arriba, bajo este cielo tan azul y tan perfecto, a que el mar me cubra por completo, y pienso en Catalina y en el beso de despedida que nunca me dio, y en la promesa que no va a poder cumplir.


sábado, 17 de junio de 2017

Viento Estelar

Si no me equivoco, llevamos una semana varados debido a la rotura de la vela solar. Aproximadamente. Es difícil llevar la cuenta en el espacio, donde no hay día ni noche, sólo el lento y callado transcurrir del tiempo.
Una vez remendada la vela de plasma, el viento estelar nos impulsará de nuevo. Es cierto que llevará algún tiempo recuperar una velocidad aceptable y que este retraso puede llegar a tener consecuencias no deseadas. No obstante, espero que no sean demasiado graves. 
Deberíamos haber solucionado la avería hace tiempo. La Inteligencia Artificial de la nave descubrió al momento la rotura que en la tela habían causado los meteoritos  y puso en marcha el protocolo de emergencia sin dilación. Me costó despertar, y fue un triunfo despejar mi mente completamente. Los primeros días todo parecía estar filtrado por una especie de niebla que daba a todos los instrumentos una consistencia casi etérea, casi irreal. Lo peor, sin embargo, es el frío que aun siento fluyendo por mis venas. Yarkovsky dice que no me preocupe. Aparentemente, es normal después de tanto tiempo hibernando.
No me cae mal Yarkovsky, aunque me preocupa su apatía. Dijo que se ocuparía de arreglar la vela, pero siempre encuentra una excusa para posponerlo. Entretanto, seguimos parados a medio camino de ninguna parte. Le he dicho que no podemos seguir así, que este viaje estaba programado para que los protones, electrones y las partículas alfa que expelían las estrellas impulsaran nuestra nave a través del espacio mientras dormíamos. Y ésa era la palabra clave: dormir. La misión sólo podría ser posible si nuestros cuerpos eran preservados, y eso no sucedería si estábamos despiertos. Aún tenemos agua y provisiones, pero no durarán. Debemos arreglar la vela, y volver a la cámara – a la nevera, es como le ha dado en decir a Yarkovsky – y dormir. La nave se encargará de todo, de mantenernos con vida durante nuestro letargo, de manejar trayectorias y evitar obstáculos. Pero para ello, antes hay que arreglar la vela.
 Parker también está realmente molesto. Dice que debo ser yo el que salga afuera y arregle la vela. Yarkovsky, asegura, es un peligro. Con su indecisión está poniendo en riesgo no sólo la misión, sino también, y sobre todo, nuestras propias vidas. A veces le doy la razón a él, y a veces a Yarkovsky, más que nada por mantener la paz. Realmente, no sirve de mucho. No se pueden ver, y hacen todo lo posible por no coincidir.
Últimamente no sé en quién de los dos confiar. Probablemente en ninguno de ellos, aunque Parker tiene razón en una cosa: Yarkovsky no va a arreglar la vela. Y él tampoco. Debo hacerlo yo. Debo vestirme el traje espacial y salir afuera, y terminar con todo ésto. Pero temo que aprovechen mi ausencia y cierren la escotilla por dentro. Que quede atrapado, paradójicamente, en la inmensidad del espacio.
Al fin y al cabo, sólo tenemos una “nevera”.
Y si sólo hay una cámara de hibernación, sólo uno puede sobrevivir.
Pero, en tal caso, Yarkovsky, Parker o yo, tan sólo uno de nosotros pudo despertar en la cámara. Sólo uno de nosotros pudo partir desde el origen.
¿Y si no soy yo?

miércoles, 14 de junio de 2017

Las palabras se las lleva el viento.

Las palabras se las lleva el viento.
Eso me dijo, muy solemne, cuando le dije que lo haría. A mí, aquella frase me traía imágenes de una playa en el sur, de palabras que de alguna manera se habían descosido, y que ahora volaban sin orden ni concierto por entre la arena de aquella playa imaginada. Ésa era la expresión que ella había elegido y a pesar de que yo no tuviera tan claro lo que significaba, a pesar de que visualizar aquellas palabras a merced del viento se me antojaba casi cómico, si ella así lo decía, no había más que hablar. Las palabras se las lleva el viento, y punto.
Yo tenía trece años y medio y ella quince recién cumplidos. Hubiera hecho cualquier cosa que ella me pidiera. Incluso las que no. Tenía la piel muy blanca, pecas en la cara y el pelo del rojo más intenso que he visto nunca.
Después de decir lo de las palabras y el viento, extrajo el revólver del pañuelo en el que estaba oculto, como si fuera un regalo de cumpleaños que llevara envuelto. Era un pañuelo blanco, de su padre, con las iniciales de él bordadas en hilo azul. Aquello me preocupó. No quería que se perdiera. Mi madre siempre estaba castigándome por perder los pañuelos que me obligaba a usar cuando estaba resfriado. Mis pañuelos no llevaban inicial alguna bordada, si acaso algún dibujo, un barco, un coche, un avión. Siempre, por alguna extraña razón, un medio de transporte. Yo los perdía invariablemente.
- No te preocupes del pañuelo. – me dijo – Ve, llama a la puerta y cuando abra, levanta la pistola y aprieta el gatillo.
Llamar a la puerta, levantar la pistola, disparar. Simple. Casi me hizo ignorar que era la primera vez que sostenía en mis manos un arma de verdad.
Puede que fueran esas palabras, simples, inequívocas, con las que Anabel sellaba mi destino, o puede que fuera el peso inesperado del revólver, el caso es que descubrí, en aquel momento, que las cosas reales tienen otra consistencia, otra textura, otro peso. No tenía entre mis manos una pistola de plástico con la que jugar a los pistoleros, o un rifle de aire comprimido con el que disparar a los patitos en la feria. Tenía trece años y medio y llevaba las llaves del infierno en mis manos.
Asentí y me dirigí a su casa, intentando disimular los nervios y acallar las mariposas que me revoloteaban en el estómago, concentrado en no dejar caer el arma, en no tropezarme con mis propios pies, como a menudo me sucedía. En no ser mi yo habitual.
Llamé al timbre. El tiempo pasaba despacio, y cada segundo añadía más peso al revólver que llevaba en mi mano derecha. Parecía pesar ya una tonelada, y dudaba de que cuando llegara el momento, fuera capaz de levantar mi brazo con semejante peso colgando al final de él.
La puerta se abrió por fin, y el padre de Anabel apareció tras ella. No llevaba su uniforme de policía, con el que le había visto tantas veces. Parecía más pequeño, menos imponente. Levanté el revólver, casi atónito de que pudiera encontrar las fuerzas para hacerlo. Su cara pasó de la irritación inicial por la interrupción de sus quehaceres, al estupor de encontrarse aquel mocoso apuntándole con un arma, y de ahí al reconocimiento. Sostenía en mis manos su revólver reglamentario.
Apreté el gatillo.
El bofetón me tiró de espaldas. Mientras su padre recogía el revólver de mis manos, Anabel se reía a carcajadas.
- Vete a tu casa, y no te acerques más a ella. – me dijo aquel hombre, en voz baja, mientras la risa de su hija se clavaba en mi cerebro. Vi su cara demacrada, la barba de varios días y las ojeras, y supe que era a mi a quien quería proteger. No a ella. Ella no necesitaba protección alguna. Vi el temblor de sus manos, las arrugas en su rostro y la resignación en su mirada, y me alejé de allí, corriendo.
En casa dije que el moratón en la cara me lo había hecho jugando al fútbol.
Dos días más tarde, los cuerpos de Anabel y su padre fueron descubiertos por la chica que les iba a limpiar. La conmoción en el pueblo fue inmensa. El juez dictaminó que él, sin duda su juicio nublado por la depresión, había matado a su hija y después había tomado su propia vida, con el arma cuya pérdida había provocado su suspensión en el cuerpo y que finalmente, había aparecido.
En el entierro hubo más público de lo habitual. Todos querían estar presentes, más por compartir cuchicheos y habladurías que porque sintieran realmente aquellas muertes. La opinión general era que Anabel era un ángel al que el Señor había llamado demasiado pronto, a pesar de que pocos la conocían, y desde luego, nadie como yo. Con respecto a él, casi todos se limitaban a encogerse de hombros y asumir que desgraciadamente, estas cosas pasan.
También yo acudí a dar mi último adiós, con mi traje de los domingos, y en mi bolsillo, en lugar de mi pañuelo bordado con una bicicleta, llevaba uno con unas iniciales bordadas en color azul. No tenían familia en el pueblo, y dado que muchos sabían de mi amistad con Anabel, se acercaban a ofrecerme su pésame, como si de repente sólo yo quedara como representante oficial de aquella familia. Musitaba un agradecimiento ininteligible y a veces hasta ofrecía un suspiro o una lágrima a punto de derramarse.
Por dentro, sin embargo, recordaba la sensación triunfal de apretar el gatillo por segunda vez, y por tercera. Revivía el éxtasis de balancearme en el filo de la navaja, temiendo ser sorprendido, pero a la vez casi deseándolo, mientras limpiaba mis huellas con aquel pañuelo bordado con iniciales azules.
Cumplí mi promesa. Le dije a Anabel que mataría a su padre, y esas palabras no se las llevó el viento.

jueves, 20 de abril de 2017

Impius Inveniamus

A Mateo casi se le había olvidado lo inhóspito del clima británico, pero pronto el frío que sentía en sus huesos le refrescó la memoria. Bien era cierto que el joven Sanz, en su corta temporada pasada, antaño, en el país, no había sufrido los rigores del Whitechapel londinense de finales del siglo XIX, dónde y cuándo se encontraba ahora, sino que, por el contrario, había disfrutado de la vida bohemia y hasta cierto punto acomodada, del colegio mayor de Saint Aidan’s, en el campus de la Universidad de Durham. Aquella experiencia, ahora que arrastraba sus botas por entre charcos de lluvia, orines y vómitos, intentando discernir donde pisar ayudado, es un decir, por la escasa iluminación de las lámparas de gas, parecía haber quedado tan atrás en el tiempo, que al pensar en ello y recordar que tan solo un año había pasado desde que el general Serrano se presentó en su cuarto y trastocó de arriba abajo su plácida (y un tanto crápula) existencia, le sorprendió sobremanera.
Es en este punto, quizás, que este humilde narrador debe disculparse. El lector debe estar preguntándose quién es el general Serrano, por qué y cómo cambió la vida de ese joven de mejillas rasuradas y pelo rizado adornado por un mechón blanco, qué libro es ése que de vez en cuando consulta cuando llega a algún cruce de calles, por qué llama la atención al observador imparcial que el señor Sanz se siga sorprendiendo por cosas tan simples como las trampas de la memoria… Preguntas todas ellas a las que, sin ninguna duda, tienen derecho, pero cuyas respuestas no es posible desvelar con el detalle que merecen, puesto que no todas forman parte de esta historia. Haremos lo posible, no obstante, en el poco tiempo que tenemos: el general no es otro que Francisco Serrano Bedoya, tutor de incógnito de Mateo Sanz Berwick y al tiempo, director de la secretísima División Especial Española, en la que el joven presta sus servicios motivado por su amor a la patria, a lo desconocido y, sobre todo, a su propia libertad, amenazada por años de dispendios estudiantiles de universidad en universidad a lo largo y ancho de Europa sin saber que todo aquel dinero era debido al Tesoro de España, hecho que fue perdonado a cambio de su ingreso en la ya citada División. El libro cuyas páginas consulta con una expresión que se encuentra entre el asco y el dolor físico es el Impius Inveniamus, y el sólo hecho de que este libro exista, y que aun así Mateo siga sorprendiéndose por los devenires del tiempo, debería responder a la última pregunta.
Según la leyenda, el libro está forrado de piel humana, pero los que lo han tocado con sus dedos desnudos opinan que la sensación que transmite es la de que, quizás esa piel no es de hombre, sino de algo o alguien imposible de explicar. En cualquier caso, el Impius Inveniamus, se usa para encontrar al malvado mientras está perpetrando su crimen.
Mateo Sanz a veces lucha por entender lo que en las páginas aparece escrito. Unas veces en latín, otras en griego, a veces en algo que le recuerda al sánscrito. De todas esas lenguas Mateo tiene nociones básicas, pero, aun así, todas aquellas frases terminan cobrando un sentido. Da diez pasos al frente, y gira a la izquierda. Sigue andando, gira a la derecha… Sin darse cuenta, va adentrándose más y más en el laberíntico barrio de Whitechapel. Las calles se hacen más estrechas y ya las lámparas dejan de arrojar su turbia luz. El libro parece alimentar su magia negra del propio Mateo, quien va perdiendo sus fuerzas a medida que aquél le sigue dictando sus instrucciones.
Sería presuntuoso por parte de este narrador no asumir que el lector ha descubierto a estas alturas que el joven que ahora está a punto de desfallecer al torcer la esquina, no va sino tras la pista del infame Jack el Destripador. En efecto, el general Serrano mantiene excelentes contactos con el Scotland Yard británico, y éste a su vez, ha sabido a través de los Servicios Secretos Rusos que el asesino atacaría esta noche. Utilizar el Impius Inveniamus para ayudar a capturar a aquella bestia ha sido idea de él, y qué mejor persona para llevarla a cabo que Mateo.
Así, al girar la esquina y adentrarse en una calle sin salida, el joven se encuentra frente a frente con el doctor Alexander Pedachenko en plena disección sobre los helados adoquines, de una prostituta. Su sangriento trabajo es alumbrado por una pequeña hoguera. Sobrecogido por el dantesco espectáculo, Mateo apenas tiene tiempo para razonar: el doctor Pedachenko, alias conde Luiskovo, trabaja para los rusos, por lo que… todo aquel asunto de Jack el destripador no ha sido más que una trampa para desacreditar a la policía británica y sembrar la duda incluso sobre el propio Príncipe Alberto…
Debilitado por el maléfico poder del libro, Mateo es incapaz de dejarlo caer y asir el revólver que guarda en su bolsillo. Observa, impotente y aterrorizado, como el cirujano avanza hacia él armado con un bisturí y una sonrisa triunfal.
Un disparo resuena de pronto, como un trueno, a su espalda, y el conde Luiskovo cae abatido, con un agujero en su frente del tamaño de una pelota pequeña. El general Serrano ha aparecido de repente, y acercándose a Mateo arranca de sus manos el libro, arrojándolo a la hoguera. De alguna forma, el general Serrano se las apaña para llevarse, sin ser visto, hasta un carruaje cercano, a un débil Mateo, que se va recobrando lentamente, y al ruso, que sigue bien muerto. Explica por el camino como, sin que él lo supiera, le había seguido durante su divagar por Whitechapel.
- ¿Quieres saber cuál es la moraleja de toda esta historia? – pregunta el general cuando ya el día empieza a clarear y cruzan el puente de Londres al abrigo del carruaje.
Mateo asiente.
- Yo también – responde Francisco Serrano – Yo, también.

lunes, 17 de abril de 2017

Naufragio

Era uno de esos días en los que el mar está tan en calma que hasta el graznido de una gaviota a varias leguas de distancia se escuchaba tan claro como si sus carroñeros tejemanejes los llevara a cabo en la cubierta del barco. Fue entonces cuando escuchamos los gritos. El capitán extrajo sus prismáticos de la caja forrada en fieltro en la que los guardaba, como un gran tesoro, y una mueca de consternación oscureció su rostro. En los minúsculos islotes a estribor, alguien intentaba llamar nuestra atención, con alaridos y aspavientos. Ese alguien sólo podía tratarse de un superviviente en un naufragio.
- No creo que llegue vivo – me dijo, pasándome los prismáticos.
Ciertamente, el náufrago había dejado de gritar y se había derrumbado en la arena, aparentemente extenuado. Incluso a través de las lentes del prismático se podía apreciar su delgadez extrema, y si juzgábamos por sus barbas desastradas y por el estado de sus ropas – ya harapos – llevaba mucho tiempo abandonado en aquel yermo trozo de tierra en medio del océano.
Botamos la lancha y varios marineros nos dirigimos a la pequeña playa sobre la que el hombre yacía inconsciente, o al menos, demasiado cansado para moverse. Al tiempo que la lancha se posaba en el mar, un lejano trueno sonaba en lontananza y el mar empezaba a agitarse. A lo lejos, una tormenta se descubría, amenazadora, oscureciendo el horizonte. Debíamos haber sabido que la calma que hasta entonces habíamos disfrutado no era más que la forma en la que el mar anunciaba la próxima tempestad. Incluso antes de poner nuestro pie en la playa, una lluvia fina y helada había comenzado a azotarnos la cara.
Cuando llegamos hasta el náufrago, el pronóstico del capitán se mostró más que certero. La piel de aquel hombre estaba quemada por el sol, y sus labios resecos apenas tenían fuerza para beber el agua que le tendíamos. Estaba tan delgado que cuando lo sostuve en mis brazos para llevarlo hasta la lancha, me daba la impresión de que no cargaba con un hombre, sino con un saco de huesos. Un relámpago cruzó el horizonte mientras lo acomodaba en la embarcación. Las olas, en tanto, rompían ya amenazadoras contra la lancha.
Pusimos proa hacia el barco, pero la tormenta ya se cernía sobre nosotros. A pesar de que todos teníamos experiencia en el mar y no era aquel el primer temporal para ninguno, pude observar el miedo en los rostros de mis compañeros. Su expresión era, sin duda, la misma que mi cara arrojaba. Cuando el mar y el viento juntan sus fuerzas, el terror es lo único que le queda al marino.
Subíamos y bajábamos olas como pequeñas montañas, amenazando a cada momento con volcar, y allí, a merced del oleaje y el viento, a medio camino entre el barco y el islote, parecía que habíamos llegado a nuestro final. El náufrago, sosteniendo mi mano, me hizo un ademán para que acercara mi cara hasta él, puesto que ya el mar callaba cualquier palabra que acertáramos a pronunciar.
- Creí que podía escapar de la historia – susurró, en apenas un suspiro. No obstante, lo escuché claramente, como si me hablara directamente en la parte más profunda del cerebro.
Fue entonces, cuando de entre sus harapos, extrajo un libro ya sin tapas, desgastado por el uso, la arena y el salitre del mar. Lo puso entre mis manos. Guardé el libro en el bolsillo interior de mi abrigo, y a continuación hice lo que debía hacer.
Cuando la lancha llegó al fin al barco, la tormenta, milagrosamente, había pasado. El capitán aún sostenía sus prismáticos, con los que me había visto izarme con el náufrago en mis brazos y tirarlo al mar. Ninguno de los hombres que iban conmigo en la lancha habían pronunciado palabra desde entonces. Tampoco el capitán dijo nada, ni dejó apunte alguno en la bitácora de todo aquel suceso. No obstante, en el primer puerto al que arribamos, me pagó mi sueldo al completo y concluimos nuestra asociación. No lo culpé. Sospecho que tampoco él a mí, puesto que entre mis enseres apareció una caja forrada en fieltro, con unos prismáticos en su interior.
Ahora, en esta tarde de primavera, mientras por mi ventana se cuelan los sonidos del zoco y el olor de las especias morunas, he recuperado el libro que aquel moribundo puso en mis manos. He vuelto a leer la historia de aquel personaje que quería escapar del libro para terminar atrapado en aquella isla. No me sorprendió saber que yo también aparezco entre sus páginas. Me consuela, así, pensar que el final de aquel náufrago ya estaba escrito y que, por tanto, poco podía hacer yo contra el destino.

Las últimas páginas del libro, no obstante, están tan gastadas y emborronadas que aún no las he descifrado. Supongo que allí estará mi conclusión, y que alguna vez llegaré a leerla. Entretanto, soy libre para seguir viviendo mi historia.

domingo, 5 de marzo de 2017

El viaje de Heriberto

Mientras su cuerpo se materializaba, Heriberto se aferraba a su revólver electrobiónico como quien se agarra a un saliente en la roca que impide la caída al vacío. Ignoraba qué se encontraría en aquella dimensión a la que había viajado, pero lo que sí sabía a ciencia cierta es que vendería cara su vida… O eso se repetía, preguntándose al mismo tiempo por lo acertada de aquella expresión, puesto que no pensaba que la vida, como tal, pudiera ponerse a la venta, y caso de que así fuera, que encontrara a nadie dispuesto a pagar algo por la de él.
Heriberto había realizado aquel viaje transdimensional con los ojos cerrados, y ahora que notaba un suelo firme y sólido bajo sus pies sospechaba que era el momento de abrirlos y apechugar con lo que quiera que le esperaba allí. Había escapado por los pelos de ser apresado a causa de su intento de subvertir el orden establecido, en lo que en un principio había pretendido ser un acto heroicamente suicida (además de magnicida) pero que se había tornado en una cobarde (y nada magnicida) retirada. A Heriberto aquel fracaso, le abrió los ojos, metafóricamente hablando, llegando rápidamente a la conclusión de que si no había conseguido su propósito - el magnicidio - tampoco tenía sentido sufrir el castigo por ello - el suicidio - razón por la que había terminado tras una alocada huida, en aquel nuevo y desconocido mundo.
Unos meses después de aquél viaje, en la soledad de su cuarto, Heriberto escuchó el leve, aunque inconfundible sonido (como si alguien rompiera papeles mientras tosía) que anunciaba la materialización de un cuerpo procedente desde otra dimensión. Dudó por un instante si alargar su mano y hacerse con el arma que le había acompañado desde su propia realidad y que sobre la mesa descansaba, inútil y electrobiónica, en aquellos momentos. Decidió, no obstante, no hacerlo. En primer lugar, porque Heriberto era ante todo un cobarde, equivocadamente idealista a ratos, pero cobarde a fin de cuentas, y en segundo lugar porque realmente Heriberto no deseaba seguir allí. Ser apresado y devuelto a su propio mundo era un alivio.
Transcurridos unos días, Heriberto se declaraba culpable ante la jueza y aceptaba no sólo su condena, sino lo equivocado de sus opiniones. Tras tantos años formando parte del Comando Hombres Al Poder (CHAP), promulgando la superioridad del género masculino, y denunciando lo que creían una falsa religión de igualdad de géneros, que estaba llevando a su mundo al caos y la perdición, Heriberto renegaba ahora de todo aquello. Había visto con sus propios ojos lo que una sociedad en la que las injusticias campaban sin vergüenza podía llegar a ser, y no deseaba que su mundo siguiera ese camino. CHAP fue disuelto y sus tres miembros entregaron las armas. Esta entrega era un decir, puesto que Heriberto había dejado la suya tras de si, en otra dimensión, y su hermano esquizofrénico y una mujer que se había equivocado al apuntarse al CHAP pensando que era una web de citas y nunca llegó a borrarse, por desidia y porque total, era gratis, nunca llegaron a tener armas, ni siquiera una triste navaja electrobiónica. Heriberto se disculpó ante la presidenta por su intento de asesinato (o magnicidio como a él le gustaba decir), y la máquina que comunicaba ambas dimensiones fue clausurada para siempre.

Entretanto, en el mundo que Heriberto había visitado, un señor de Albacete maldecía porque su inquilino se había marchado sin pagar el alquiler, dejando únicamente tras de si una pintoresca pistola de juguete. En la tele, el presidente de los Estados Unidos proseguía con sus cosas, y el resto le dejaba hacer.

domingo, 12 de febrero de 2017

Un fallo de programación

            Finalmente, como anunciaba la escasa longitud de sus telómeros, la continua regeneración celular llegó a su fin. Los radicales libres habían aumentado exponencialmente, y las células que componían aquél cuerpo eran destruidas, una tras otra, sin ser sustituidas por nuevas copias. En otras palabras, el humano moría.
            Jen sostenía la arrugada y débil mano del anciano, aún sorprendida de la ineficiencia y fragilidad del cuerpo humano. Ella podía sobrevivir eternamente, siempre que encontrara materias primas con las que construir recambios para las partes que necesitaran ser sustituidas. En cambio, aquellos seres orgánicos, vivían sabiendo que su fin llegaría de una forma o de otra, y que nada ni nadie podría evitarlo. Simplemente, había que esperar a que el inexorable paso del tiempo hiciera su trabajo.
            El cuerpo que en aquellos momentos agonizaba sobre la camilla en poco se parecía al que hacía años recibió a la androide. Y a pesar de ello, aunque ya no era joven y poderoso, aunque sus músculos hubieran perdido la elasticidad, y sus piernas la fuerza para sostenerlo, seguía siendo él. Aquel humano al que había servido, al que había protegido y del que…
            ¿Podía ser cierto? Jen llevaba años pensándolo, intentando llegar a una conclusión razonada. ¿Acaso podía sentir amor un androide? Quizás no era más que una imposición en su programación, una directiva que alguien (¿su creador?) le había introducido, un detalle más para que pareciera “viva”. Y si así fuera… ¿Es que era menos real? Tal vez aquel “amor” no fuera más que un fallo en su código. Al fin y al cabo, daba igual. Aquella imperfección le había hecho feliz.
            El sensor que controlaba el latido del corazón del anciano se encendió repentinamente, alertando del fallo cardiaco. La mano que Jen sostenía siguió inerte entre las de ella. Aunque, en apariencia, los ojos artificiales de la androide eran una copia perfecta de los de un humano, carecían de lagrimales, por lo que ninguna lágrima corrió por sus mejillas.
            Jen dejó de funcionar en aquel mismo momento.