domingo, 6 de agosto de 2017

Roque y el mar

Empiezo a sospechar que no le gusto al mar. Mira que a mí me encanta: el olor a salitre, la brisa marina, el vaivén de las olas, la espuma que se forma al estrellarse la marea contra las rocas… Pero por más que yo me encuentre a gusto en mi barco, surcando las aguas como un lobo marino y con una sonrisa de oreja a oreja, siempre hay algo que no termina de salirme del todo bien.
Como aquella vez que pesqué una sirena. Vaya chasco. Sí, mitad mujer, mitad pez, pero resulta que la que yo rescaté de mis redes tenía las mitades que no eran. O aquella ocasión en la que, haciendo submarinismo, encontré una cadena y pretendí subirla a mi barco. ¿Cómo iba a saber yo que, en realidad, esa cadena estaba enganchada al tapón del fondo del mar? Hasta que me di cuenta, la que se armó, madre mía. Todavía hay pueblos en la costa que no me lo perdonan. Bueno, en la costa, ya no. Ahora son eso que ellos llaman “segunda línea de playa” y los turistas, en cambio, denominan “segunda línea de playa, mis cojones”.
Hablando de playa, ¿acaso hay algo más bonito que contemplar un atardecer, tumbado sobre la arena, viendo el sol esconderse tras la línea del horizonte? Es que éso, además de bello, es gratis. Que no digo que admirar el paisaje desde lo alto de una montaña no sea también algo excelso, pero se me antoja mucho más complicado. Hay que andar mucho, y cargar con una mochila, y contratar a un sherpa y tal y Pascual. Con lo fácil que es bajarse a la playa. Bueno, menos en algunos pueblos, que ya no es tan fácil como solía ser, desde lo de la cadena.
La cuestión es que, estando en mi tumbona, contemplando arrobado aquella puesta de sol me dije: “Oye Roque, ¿y si vamos a ver dónde se oculta el sol todas las noches?”. Roque soy yo. No me contesté porque era una pregunta más retórica que otra cosa, y porque la gente que aún quedaba en la playa, en su mayoría parejitas cariñosas y zalameras, ya me miraba extrañada, preguntándose con quién estaría hablando y cuánto faltaría para que me fuera. En cualquier caso, me conocía a mí mismo lo suficiente como para saber que no podía decir que no a tamaño desafío.
A mi es que es ponerme un reto por delante, y me crezco. Como aquella vez que en Comandancia se habían quedado sin sal y allí fui yo, con mi barco hasta arriba de cajas de repuesto. Por desgracia, con las prisas, en lugar de sal había llevado azúcar. ¿Quién no ha confundido la sal y el azúcar alguna vez? El caso es que en Comandancia, el señor que estaba a cargo ese día de salar el mar debía ser nuevo, porque si no, no entiendo que se fiara de cualquiera que llegara diciendo “Aquí Roque, aquí unas cajas de sal”. Total, que el hombre vertió todas las cajas que yo le llevé en la máquina ésa de salar que tienen en Comandancia. Sin comprobarlo ni nada. Qué trabajo le costaba chuparse un dedo y mojarlo en el contenido de las cajas. Pues no, que decía que eso era una guarrada, que después el mar iba a saber a dedo chupado. Claro, después las culpas, para Roque. “¿Quién es ése Roque?”, me dijo. “Pues yo”, le respondí, porque en este caso se trataba de una pregunta normal, y no retórica. En fin, por esa razón, durante unos meses el mar no estaba salado, sino dulce. Esto es así, y todavía hay algunos pueblos de pescadores que no me lo perdonan.
Total, que esa misma noche, la del romántico atardecer en la playa, me monté en mi barco y estuve navegando a todo trapo detrás del sol. A veces parecía que estaba a punto de alcanzarlo, pero de pronto llegaba una ola y se estrellaba contra el casco, y otra vez me cogía ventaja. Hasta que de pronto se acabó el mar.
Sí, sí. No me miren así, que yo también me asusté. Toda la vida pensando que el mundo era redondo y resulta que era una leyenda urbana. Menos mal que eché el ancla justo a tiempo, pero aquí estoy, colgando del mundo, como un llavero. He llamado a Comandancia, pero el señor que ha cogido el teléfono es el mismo del incidente de la sal y el azúcar y me ha dicho que me va a ayudar Rita.
No sé si Rita es la sirena, pero ya llevo un rato aquí y me estoy empezando a marear, así que si no les importa preguntar por ahí, a ver si la tal Rita viene a rescatarme. Díganle que es de parte de Roque. Que soy yo. Y a ser posible, no lo vayan diciendo por ciertos pueblos, que ya saben que hay cosas que no me perdonan.



miércoles, 2 de agosto de 2017

Una de piratas

A pesar de ser una noche sin luna, el fuego en cubierta alumbraba la sangrienta lucha que siguió al abordaje, recortando con un rojizo resplandor las siluetas de los tripulantes de ambas embarcaciones. Enfrascados en una lucha desigual, los corsarios del Belle Fille casi doblaban en número a los marineros del Falcon, la balandra que el temerario Joseph Creek había comandado con astucia hasta apenas unos minutos antes, cuando la bala de un mosquete terminó haciéndole perder la cabeza, literalmente.
Joao había guardado el cuerpo del capitán hasta cerciorarse de que, en efecto, pocas esperanzas existían de una recuperación. La tripulación, desconocedora de aquella muerte, se lanzó al ataque, o mejor dicho, a la defensa, con la misma rabia con la que se habían arrojado a otras batallas anteriores. El joven Joao, en cambio, consiguió mantener sus instintos bajo control el tiempo suficiente como para evaluar lo sucedido, sumar dos y dos, y llegar a la conclusión de que aquella contienda estaba perdida. Con sigilo, se escabulló hacia el camarote del legendario capitán Creek y abrió la puerta.
- Lárgate de aquí – le gritó una voz femenina, al tiempo que algo rozaba su cabeza y se estrellaba contra la pared. Una mirada fugaz identificó el objeto, antes de que se hiciera añicos. Se trataba de una de las delicadas tazas de porcelana que el capitán reservaba para tomar el té con sus más elegantes visitas.
- Señorita, soy Joao. Joao do Santos. Me temo que el capitán nos ha dejado.
- ¿Se ha ido? – respondió la mujer con extrañeza, sosteniendo en sus manos otra de las tazas.
- Más que irse, se ha muerto.
- Pero, ¿cómo?
- Mediante una bala de mosquete, mayormente.
- Entonces, ¿es cierto que nos están atacando?
Joao suspiró. El estruendo de la contienda era inequívoco, y los cañonazos que habían precedido al abordaje difícilmente podían haber sido ignorados por aquella joven.
- La Belle Fille nos ha dado alcance, señorita.
- ¿Los franceses? El capitán Creek me aseguró que nuestro barco era mucho más rápido.
Joao se encogió de hombros. Apenas una hora antes, por la cuenta que le traía, hubiera defendido el juicio de su capitán. Ahora, con éste muerto, y con más hombres del bricbarca francés a bordo que los del propio Falcon, de poco serviría.
- No durará mucho la batalla, señorita. Y créame, cuando termine, quedará usted en manos del capitán de la Belle Fille.
- Eso no debe suceder. – dijo la joven con espanto.
- Venga conmigo. Podemos aprovechar la confusión y fletar la lancha con sigilo. La costa está cerca y antes del amanecer podríamos desembarcar cerca de San Juan.
La joven asintió, y Joao, abriendo camino y desenvainando su alfanje, dirigió a la joven a través del barco, poniendo cuidado en evitar la refriega. Cuando llegaron a la lancha, comenzó a deshacer los nudos que la unían a la nave. Una repentina voz a su espalda, no obstante, le hizo girarse sobresaltado.
- Vaya, vaya. El joven Santos quiere quedarse él solo con el botín.
A pesar de que en la penumbra le era imposible distinguir las facciones del que le hablaba, la ronca voz del Turco era inconfundible, así como la daga que brillaba mortífera en su mano derecha. Joao había dejado su alfanje en el suelo mientras bajaba la lancha al mar, por lo que pocas esperanzas tenía de salir por su propio pie de la refriega.
- La señorita, según recuerdo, vale su peso en oro, ¿no es verdad señorita Peñalinda? – continuó el Turco.
- Sinceramente espero que sea algo más – respondió ella, malhumorada – Poco me conoce mi padre, el gobernador, si tan sólo ofrece mi peso. ¡Qué miseria!
Probablemente el Turco no se esperaba tal respuesta, por lo que por un segundo quedó confundido, momento que aprovechó Joao para abalanzarse sobre su alfanje.
En circunstancias normales, el joven Santos ni siquiera hubiera llegado a sostener su arma, puesto que la rapidez y la destreza del Turco con su acero era legendaria, pero ninguno de ellos se esperaba que el Turco recibiera, precisamente en aquel momento, y en plena frente, el impacto de una de las famosas y elegantes tazas del capitán Creek. La joven Elisenda Peñalinda había recorrido, tras Joao, la distancia que mediaba entre el camarote y la lancha, con otra de las tazas en sus manos, olvidada de ella desde que el portugués irrumpiera en los aposentos del capitán. Aquella taza estrellándose en la cabeza del Turco, le proporcionó a Joao el tiempo suficiente para levantar su alfanje del suelo e interponerlo entre su cuerpo y el de su enemigo. Ambos rodaron por el suelo, pero sólo uno consiguió levantarse. Aunque dolorido y ensangrentado, Santos seguía vivo.
Unos minutos más tarde, la pareja se alejaba de los dos barcos, donde la batalla aún continuaba, y remando Santos en silencio, y descansando la joven, pugnaban por obtener una ventaja que les permitiera alcanzar la costa antes de que en la Belle Fille alguien se diera cuenta de lo ocurrido.
- ¿Está usted bien? – preguntó la joven, al notar que a Joao cada vez le costaba más manejar los remos.
- Me temo que no, señorita. El Turco me clavó su daga en el estómago, y creo que no voy a poder vivir para disfrutar las riquezas que me corresponderían por devolverla sana y salva a su señor padre.
- Vaya, pues es una pena.
Los pescadores empezaban a arremolinarse, curiosos por saber quién sería aquella elegante señorita que llegaba hasta su playa en una lancha conducida por un joven marino de dudosa procedencia. Ahora que la mañana había alejado la oscuridad, Joao se volvió para descubrir que el Falcon se hundía y el Belle Fille tiraba la toalla y ponía proa en dirección contraria a ellos.
- Una pena, sí – pensaba Joao mientras cerraba los ojos y se dejaba morir.
Elisenda Peñalinda mientras tanto, disfrutaba de aquella aventura en el mar, pensando ya en cómo contárselo a sus amigas.

viernes, 28 de julio de 2017

Encerrados

Altos acantilados recorren la orilla. Deben ser unos precipicios aterradores para todo aquel que se atreva a asomarse a ellos en sus lejanas y altas cumbres. En cambio, desde nuestro barco, se tornan en impresionantes muros verticales de roca blanca, sobrenaturalmente lisos, una barrera que se cierne sobre nosotros y que no podemos traspasar de ninguna de las maneras. Varios hombres han intentado escalarlos, para terminar, sin remisión, resbalando en la piedra pulida y cayendo en las calientes pero inmisericordes aguas. Desde el fondo, nos contemplan los marineros ahogados, mirándonos con ojos abiertos y acusadores. Al menos ellos descansan. Nosotros, en cambio, seguimos adelante, rehuyendo su mirada para siempre atrapada en una mueca de sorpresa. Aún conservamos, los vivos, la esperanza de encontrar una salida y, sospecho, eso es algo que los muertos no comprenden. Quizás fuera mejor abandonarlo todo y saltar por la borda, haciéndoles compañía en el lecho de roca blanca donde yacen sus cuerpos por el resto de los tiempos.
Es en efecto, el tiempo, el que corre en nuestra contra. En el centro de la bahía, un ser gigantesco, de proporciones tan descomunales que escapan a la razón, descansa en un reposo que sabemos pronto acabará. Cuando aquel letargo que le mantiene inmóvil llegue a su fin, su colosal envergadura provocará que cualquier movimiento que realice, forme violentas olas que, sin duda, harán zozobrar nuestro barco, arrojándonos la marea contra los impertérritos muros blancos que nos rodean. También puede que el gigante se percate de nuestra existencia y nos ataque, en cuyo caso, ninguna posibilidad tendremos de hacerle frente. Debemos huir, por tanto, antes de que despierte. Es por ello por lo que el capitán ha tomado la decisión de cambiar el rumbo. Pasaremos, dice, cerca de una rodilla del monstruo, que sobresale entre las aguas como una pequeña isla. Debemos tener cuidado, eso sí, de no adentrarnos en la extraña espuma que la rodea, o correremos el riesgo de que ésta detenga nuestro avance y quedemos allí encallados y a la merced del monstruo.
El mar está tan en calma que parece un espejo, y el viento pareció morir en el mismo momento en que aparecimos en esta cárcel blanca. Nos ponemos a los remos, intentando mantener el silencio más absoluto. Casi con delicadeza, las palas apenas chapotean en el agua. Avanzamos con lentitud exasperante, sí, pero a pesar de todo, nuestro barco va dejando una estela. Nos movemos. Hasta nosotros llegan, empero, los terribles aromas dulces y especiados de aquella espuma antinatural, y sólo nuestra fuerza de voluntad y los grilletes con los que nos hemos atado a los bancos, nos impiden saltar, una vez más, al mar.
Dejamos atrás la espuma y aquella isla viviente, cuando de repente, todas nuestras esperanzas de volver al mar abierto se desvanecen. Más allá de las murallas que conforman nuestro encierro, un gigante de dimensiones aún mayores a las del que ahora se despereza, se perfila en las alturas, y brama:
- A ver si sales ya de la bañera, Luisito, que te vas a encoger.

lunes, 24 de julio de 2017

No me llaméis Ismael.

Haced el favor de no llamadme Ismael.
Me embarqué en este maldito buque por equivocación. Yo quería ir a El Ferrol, y en cambio, llevo cuatro meses atrapado en el Pequod, que resulta que es un ballenero, y que con la suerte que tengo, no se va a acercar ni de lejos al terruño. Qué razón tenía mi santa madre cuando me dijo que me aplicara más con el inglés, que me iba a hacer falta. Yo, como soy un poco cabezón, por llevar la contraria le decía que no, que mejor el francés, que es como el galego pero más afectado. Y así estamos, que en lugar de al Ferrol vete a saber tú donde terminamos, porque yo a estos no les entiendo y ni idea a donde vamos, que ni castellano, ni francés, ni galego, y mira que hay gente de sitios raros. Pues nada, ninguno habla como se debe. A ver si hay suerte y paramos en Coruña, o aunque sea en la isla de la Toja, y me bajo, que tengo ya morriña.
Además, resulta que el capitán lo que quiere es cazar una ballena. Eso tiene sentido, porque para eso estamos en un ballenero. Pero el hombre, Ahab se llama, no quiere una cualquiera, sino una blanca, bien gorda. Yo he intentado decirle que se deje de ballenas y que pruebe el centollo, pero no me tiene paciencia, me empieza a hablar del mar con cualquier excusa, que si las olas, que si el salitre, que si las gaviotas, y empieza a dar vueltas con la pata de palo, y termina siempre dando la tabarra con Moby Dick, que por lo visto es como se llama la ballena que quiere pescar, y se me ciega el capitán, se me ciega. Es una obsesión la de este hombre. Esto más o menos es lo que he entendido yo, por los gestos, pero vete a saber. Igual en lugar de una ballena lo que quiere es pescar atunes y estoy aquí inventando.
Decía al principio que no me llaméis Ismael porque hay en el barco un polinesio que me está siempre llamando por ese nombre. Por lo visto para él todos los blancos somos iguales y no nos distingue muy bien. Yo por más que le digo que Ismael es otro, uno que le gusta tirar los sombreros de la gente, que yo me llamo Xerardo Pazos, no hay manera. Pero mejor llevarse bien con el polinesio este, porque me han dicho que es caníbal, y digo yo que con un caníbal cuidado. Que habrá caníbales buenos, que no lo niego, pero que mejor que corra el aire, que los carga el diablo. Queequeg se llama el polinesio caníbal, que también digo yo, que no podía tener un nombre cristiano como dios manda. Quequé le llamo, que es más fácil. A Quequé se le ha ido la mano con los tatuajes, y a menudo le digo que se va a arrepentir, que cuando se canse de ser arponero, a ver donde le van a contratar con tanto dibujito en la piel. Pero como no me entiende, cae en saco roto. 
Pues resulta que Quequé se muestra muy cariñoso con el tal Ismael, el de verdad, y como nos confunde todo el rato, un día vamos a tener un disgusto, que tantos arrumacos a mí me dan mala espina. A veces cuando lo veo venir de lejos, me escondo en un ataúd que se mandó hacer, le pongo la tapa y allí me quedo un rato. A menudo termino dormido. Por lo menos le doy una utilidad al ataúd, que también el caníbal mandarse hacer un féretro y no morirse…
En fin, la verdad es que de este viaje poco más hay que resaltar. Está siendo un poco aburrido, eso sí. Bueno, que llevo ya un rato largo en este ataúd y se está notando un poco de humedad, así que voy a salir a ver qué pasa, no sea que me hayan hundido el barco.
Y recordad, no me llaméis Ismael.

sábado, 22 de julio de 2017

En esta playa

De alguna forma este cielo tan azul y despejado me hace acordarme de Catalina. Cuánto le hubiera gustado pisar la blanca y sedosa arena de esta playa, mojarse los pies en el agua salada de la orilla, probar las extrañas frutas que crecen en estos árboles, tan distintos de los que crecen en Trujillo. Cuando partí hacia Sevilla le prometí volver colmado de riquezas de las Indias, como Emiliano, el vecino, que había vuelto tan rico que compró los campos de más allá del río, donde mejor crece el trigo y la cebada. Ni siquiera esas promesas fueron suficientes para arrancarle un beso de despedida, aunque sí que bastaron para que prometiera esperarme. Promesa que ahora dudo que pueda cumplir.
Al llegar a Sevilla, no poco esfuerzo me costó embarcar en un galeón, como grumete, rumbo a las Américas. Navegamos el río sin mayor novedad, pero fue al abandonar el Guadalquivir que, de pronto, me vi frente a la inmensidad del mar. Me lo habían descrito de varias formas y maneras pero, aun así, verme allí, en aquel barco que cruzaría el Atlántico, superaba todo lo que mi pobre imaginación había podido dibujar en el tosco lienzo de mi mente. Creí, en aquellos momentos, que nunca me cansaría de contemplar aquellas olas que, incansables, animaban su superficie tiñéndola de espuma. Siempre, pensaba, estaría dispuesto a admirar el vuelo de las gaviotas en la playa que íbamos dejando atrás. No llegaría jamás el día, me aseguraba, en el que rehuyera el olor al salitre en el viento. No obstante, casi cuatro meses en cubierta me hicieron añorar, también, la tierra firme, y en especial, el campo de Extremadura, donde hasta hacía bien poco, había trabajado de sol a sol, dejándome la vida con cada golpe de azadón. La lejana esperanza de hacer fortuna en las Américas me llevó a dejar atrás mi casa y mi familia, a pesar de las advertencias de mis padres, de los consejos del cura y de la inocente mirada reprobatoria de Catalina. Pero a falta de dinero, tenía sueños, juventud y rebeldía, cualidades capaces de empujarnos a recorrer el cielo y el infierno, para bien o para mal, sin siquiera pensar en los peligros que se ciernen en aquella travesía.
Allí, en medio del océano, sobre la cubierta del barco, me sentía pequeño e insignificante. Un poco asustado también. No sabía nadar y aquello, que era común en casi todos los marineros de aquella nave, suponía una sentencia de muerte para el que cayera por la borda. Pero en la noche, teniendo sobre mi tan solo la inmensidad del cielo estrellado, recordaba a Catalina y me sonreía imaginando su sorpresa cuando llegara a Trujillo montado a lomos de un caballo y poseedor de oro suficiente como para mandar construir nuestra propia casa. Me dejaba llegar por esas ensoñaciones cada vez que el sol se ponía. No me atrevería a presumir que algo sé del alma humana, excepto que siempre deseamos aquello que se encuentra lejos de nuestra mano.
Recuerdo, ahora, aquellos días, desde esta playa en la que me encuentro, con este cielo que no puedo dejar de admirar. Mi espalda morena, curtida por el sol y el salitre, se recuesta sobre esta arena que la marea pronto cubrirá. Sé que es probable que la nostalgia imprima a mis memorias mayor ternura de la que merecen, pero así es este sentimiento que nos atrapa en los momentos menos pensados, tiñéndolo todo de una pátina que suaviza todas las aristas. Si no fuera así, sería duro recordar mi llegada a Perú, pobre como las ratas, aunque más hambriento que ellas. Busqué infructuoso algún conquistador al que servir, hasta que al fin llegó a mis oídos que Pedro de Ursúa se disponía a encontrar el legendario Eldorado. Me uní a su expedición con unos ánimos que el tiempo y las penurias vividas fueron mermando. Cuando Lope de Aguirre lideró una revuelta que terminó con la muerte de Ursúa, y su rabia diabólica comenzó a arrasar con todo a su alrededor, sin importarle si sus víctimas eran cristianos o paganos, españoles o indios, fue el momento en que descubrí que lo único que deseaba era huir de la jungla, y volver a ver el mar.
Siento las olas acariciar mis pies, tumbado en esta arena que el sol calienta lentamente, pero sin pausa, con la paciencia que yo nunca tuve, y pienso en Catalina, en sus pies manchados de tierra allá en los campos que rodean mi Trujillo natal. Me imagino a su lado, contándole el miedo que pasé intentando huir de Aguirre y de los nativos, y de las bestias e insectos que nos diezmaban. Éramos un pequeño grupo al que sólo le importaba vivir un día más y que día a día se iba reduciendo, víctimas de demasiados enemigos. Le contaría a Catalina como, en aquellos días que recuerdo grises y húmedos, llenos de barro y mosquitos, hubiera cambiado todo el oro que nunca llegué a tener por volver al mar y dejar que el agua salada mojara mis piernas, como ahora lo hace. Quizás, pienso, esta vez Catalina me abrazaría y todo lo sufrido quedaría olvidado, aunque lo dudo, porque ya nunca llegaré a Trujillo montado en un caballo. No volveré con el oro para construir nuestra casa y, por tanto, Catalina nunca se casará conmigo.
Intento mover mis brazos y mis piernas, ahora que siento que la marea moja ya mi cabeza, pero no lo consigo. Los indios me capturaron al pisar la playa. Clavaron cuatro postes en la arena y ataron cada una de mis extremidades a uno de ellos, cuando la marea estaba baja. Espero aquí tumbado, boca arriba, bajo este cielo tan azul y tan perfecto, a que el mar me cubra por completo, y pienso en Catalina y en el beso de despedida que nunca me dio, y en la promesa que no va a poder cumplir.


sábado, 17 de junio de 2017

Viento Estelar

Si no me equivoco, llevamos una semana varados debido a la rotura de la vela solar. Aproximadamente. Es difícil llevar la cuenta en el espacio, donde no hay día ni noche, sólo el lento y callado transcurrir del tiempo.
Una vez remendada la vela de plasma, el viento estelar nos impulsará de nuevo. Es cierto que llevará algún tiempo recuperar una velocidad aceptable y que este retraso puede llegar a tener consecuencias no deseadas. No obstante, espero que no sean demasiado graves. 
Deberíamos haber solucionado la avería hace tiempo. La Inteligencia Artificial de la nave descubrió al momento la rotura que en la tela habían causado los meteoritos  y puso en marcha el protocolo de emergencia sin dilación. Me costó despertar, y fue un triunfo despejar mi mente completamente. Los primeros días todo parecía estar filtrado por una especie de niebla que daba a todos los instrumentos una consistencia casi etérea, casi irreal. Lo peor, sin embargo, es el frío que aun siento fluyendo por mis venas. Yarkovsky dice que no me preocupe. Aparentemente, es normal después de tanto tiempo hibernando.
No me cae mal Yarkovsky, aunque me preocupa su apatía. Dijo que se ocuparía de arreglar la vela, pero siempre encuentra una excusa para posponerlo. Entretanto, seguimos parados a medio camino de ninguna parte. Le he dicho que no podemos seguir así, que este viaje estaba programado para que los protones, electrones y las partículas alfa que expelían las estrellas impulsaran nuestra nave a través del espacio mientras dormíamos. Y ésa era la palabra clave: dormir. La misión sólo podría ser posible si nuestros cuerpos eran preservados, y eso no sucedería si estábamos despiertos. Aún tenemos agua y provisiones, pero no durarán. Debemos arreglar la vela, y volver a la cámara – a la nevera, es como le ha dado en decir a Yarkovsky – y dormir. La nave se encargará de todo, de mantenernos con vida durante nuestro letargo, de manejar trayectorias y evitar obstáculos. Pero para ello, antes hay que arreglar la vela.
 Parker también está realmente molesto. Dice que debo ser yo el que salga afuera y arregle la vela. Yarkovsky, asegura, es un peligro. Con su indecisión está poniendo en riesgo no sólo la misión, sino también, y sobre todo, nuestras propias vidas. A veces le doy la razón a él, y a veces a Yarkovsky, más que nada por mantener la paz. Realmente, no sirve de mucho. No se pueden ver, y hacen todo lo posible por no coincidir.
Últimamente no sé en quién de los dos confiar. Probablemente en ninguno de ellos, aunque Parker tiene razón en una cosa: Yarkovsky no va a arreglar la vela. Y él tampoco. Debo hacerlo yo. Debo vestirme el traje espacial y salir afuera, y terminar con todo ésto. Pero temo que aprovechen mi ausencia y cierren la escotilla por dentro. Que quede atrapado, paradójicamente, en la inmensidad del espacio.
Al fin y al cabo, sólo tenemos una “nevera”.
Y si sólo hay una cámara de hibernación, sólo uno puede sobrevivir.
Pero, en tal caso, Yarkovsky, Parker o yo, tan sólo uno de nosotros pudo despertar en la cámara. Sólo uno de nosotros pudo partir desde el origen.
¿Y si no soy yo?

miércoles, 14 de junio de 2017

Las palabras se las lleva el viento.

Las palabras se las lleva el viento.
Eso me dijo, muy solemne, cuando le dije que lo haría. A mí, aquella frase me traía imágenes de una playa en el sur, de palabras que de alguna manera se habían descosido, y que ahora volaban sin orden ni concierto por entre la arena de aquella playa imaginada. Ésa era la expresión que ella había elegido y a pesar de que yo no tuviera tan claro lo que significaba, a pesar de que visualizar aquellas palabras a merced del viento se me antojaba casi cómico, si ella así lo decía, no había más que hablar. Las palabras se las lleva el viento, y punto.
Yo tenía trece años y medio y ella quince recién cumplidos. Hubiera hecho cualquier cosa que ella me pidiera. Incluso las que no. Tenía la piel muy blanca, pecas en la cara y el pelo del rojo más intenso que he visto nunca.
Después de decir lo de las palabras y el viento, extrajo el revólver del pañuelo en el que estaba oculto, como si fuera un regalo de cumpleaños que llevara envuelto. Era un pañuelo blanco, de su padre, con las iniciales de él bordadas en hilo azul. Aquello me preocupó. No quería que se perdiera. Mi madre siempre estaba castigándome por perder los pañuelos que me obligaba a usar cuando estaba resfriado. Mis pañuelos no llevaban inicial alguna bordada, si acaso algún dibujo, un barco, un coche, un avión. Siempre, por alguna extraña razón, un medio de transporte. Yo los perdía invariablemente.
- No te preocupes del pañuelo. – me dijo – Ve, llama a la puerta y cuando abra, levanta la pistola y aprieta el gatillo.
Llamar a la puerta, levantar la pistola, disparar. Simple. Casi me hizo ignorar que era la primera vez que sostenía en mis manos un arma de verdad.
Puede que fueran esas palabras, simples, inequívocas, con las que Anabel sellaba mi destino, o puede que fuera el peso inesperado del revólver, el caso es que descubrí, en aquel momento, que las cosas reales tienen otra consistencia, otra textura, otro peso. No tenía entre mis manos una pistola de plástico con la que jugar a los pistoleros, o un rifle de aire comprimido con el que disparar a los patitos en la feria. Tenía trece años y medio y llevaba las llaves del infierno en mis manos.
Asentí y me dirigí a su casa, intentando disimular los nervios y acallar las mariposas que me revoloteaban en el estómago, concentrado en no dejar caer el arma, en no tropezarme con mis propios pies, como a menudo me sucedía. En no ser mi yo habitual.
Llamé al timbre. El tiempo pasaba despacio, y cada segundo añadía más peso al revólver que llevaba en mi mano derecha. Parecía pesar ya una tonelada, y dudaba de que cuando llegara el momento, fuera capaz de levantar mi brazo con semejante peso colgando al final de él.
La puerta se abrió por fin, y el padre de Anabel apareció tras ella. No llevaba su uniforme de policía, con el que le había visto tantas veces. Parecía más pequeño, menos imponente. Levanté el revólver, casi atónito de que pudiera encontrar las fuerzas para hacerlo. Su cara pasó de la irritación inicial por la interrupción de sus quehaceres, al estupor de encontrarse aquel mocoso apuntándole con un arma, y de ahí al reconocimiento. Sostenía en mis manos su revólver reglamentario.
Apreté el gatillo.
El bofetón me tiró de espaldas. Mientras su padre recogía el revólver de mis manos, Anabel se reía a carcajadas.
- Vete a tu casa, y no te acerques más a ella. – me dijo aquel hombre, en voz baja, mientras la risa de su hija se clavaba en mi cerebro. Vi su cara demacrada, la barba de varios días y las ojeras, y supe que era a mi a quien quería proteger. No a ella. Ella no necesitaba protección alguna. Vi el temblor de sus manos, las arrugas en su rostro y la resignación en su mirada, y me alejé de allí, corriendo.
En casa dije que el moratón en la cara me lo había hecho jugando al fútbol.
Dos días más tarde, los cuerpos de Anabel y su padre fueron descubiertos por la chica que les iba a limpiar. La conmoción en el pueblo fue inmensa. El juez dictaminó que él, sin duda su juicio nublado por la depresión, había matado a su hija y después había tomado su propia vida, con el arma cuya pérdida había provocado su suspensión en el cuerpo y que finalmente, había aparecido.
En el entierro hubo más público de lo habitual. Todos querían estar presentes, más por compartir cuchicheos y habladurías que porque sintieran realmente aquellas muertes. La opinión general era que Anabel era un ángel al que el Señor había llamado demasiado pronto, a pesar de que pocos la conocían, y desde luego, nadie como yo. Con respecto a él, casi todos se limitaban a encogerse de hombros y asumir que desgraciadamente, estas cosas pasan.
También yo acudí a dar mi último adiós, con mi traje de los domingos, y en mi bolsillo, en lugar de mi pañuelo bordado con una bicicleta, llevaba uno con unas iniciales bordadas en color azul. No tenían familia en el pueblo, y dado que muchos sabían de mi amistad con Anabel, se acercaban a ofrecerme su pésame, como si de repente sólo yo quedara como representante oficial de aquella familia. Musitaba un agradecimiento ininteligible y a veces hasta ofrecía un suspiro o una lágrima a punto de derramarse.
Por dentro, sin embargo, recordaba la sensación triunfal de apretar el gatillo por segunda vez, y por tercera. Revivía el éxtasis de balancearme en el filo de la navaja, temiendo ser sorprendido, pero a la vez casi deseándolo, mientras limpiaba mis huellas con aquel pañuelo bordado con iniciales azules.
Cumplí mi promesa. Le dije a Anabel que mataría a su padre, y esas palabras no se las llevó el viento.