martes, 10 de diciembre de 2019

Aventuras en el Mar


La sonrisa blanquísima de Corto resplandecía.
—Pon ya el cacharro ese en el ordenador —ordenó, haciendo un gesto apremiante con el revólver.
Mi primer instinto fue tirárselo a la cabeza, pero un gemido de Hugo me hizo entrar en razón. El torniquete y la venda improvisada que le había hecho para tapar la herida de bala evitarían que se desangrara, al menos a muy corto plazo, pero dos cosas estaban claras: que tenía que llevarlo a un hospital a la mayor brevedad, y que a Corto poco le importaba volver a apretar el gatillo.
—No es un «cacharro». En la antigüedad uno de estos costaba para muchos la totalidad de su salario mensual —le dije, mientras sostenía el objeto en mi mano.
—Vaya idiotas que eran —dijo.
Di un paso hacia atrás, a estribor, acercándome a la borda, y la sonrisa se borró de la cara de Corto. Alargué el brazo por encima de la barandilla.
—Lo puedo dejar caer, si te parece. —Las olas balanceaban el barco suavemente. El mar estaba en calma, pero si abría la mano y el objeto caía al mar, iba a ser casi imposible que Corto diera con él. Nunca fue un buen buceador.
—¿Estás loca? —dijo Corto. Y casi creí oír a Hugo decir lo mismo.
—Hagamos un trato. Te quedas con el «cacharro» y su contenido, pero nos dejas cerca de un hospital.
—¿Qué creías que os iba a dejar tirados en cualquier parte? —dijo Corto, otra vez su sonrisa malvada y blanquísima asomando entre la barba hirsuta.
—En efecto es lo que creo. Y si haces eso, Hugo no lo cuenta, y yo vete a saber. Así que igual lo dejo caer y así acabamos antes, ¿qué te parece?
—Está bien —asintió—, pero date prisa, o nos descubrirá algún satélite y en un abrir y cerrar de ojos tenemos aquí una patrullera.
—Tan lejos de la costa no creo —respondí, pero me alejé de la baranda. Ni por un momento creí que nuestro asaltante fuera a cumplir su palabra, pero al menos había que intentarlo.
La máquina en la que introduje el «cacharro», como le llamaba Corto, no era en realidad un ordenador como tal. Lo habíamos adaptado para recuperar la información de aquellos objetos que a principios del siglo XXI llamaban teléfonos móviles. Introduje aquel teléfono —el «cacharro»— en un compartimento estanco y la radiación infrarroja comenzó a liberarlo de la sal y la humedad de siglos bajo las aguas. De todos los que había recuperado hasta ahora, Hugo y yo, ése era el que estaba mejor conservado. Por alguna razón alguien lo había guardado en una caja de plástico hermética. Uno de los famosos «Tupperware». Y, si algo tiene el plástico, es que, a pesar de llevar siglos en las aguas saladas del océano Atlántico, no se había degradado ni una pizca
—¿Falta mucho? —preguntó Corto sobresaltándome. Me estaba concentrando en aquel teléfono, y debería hacerlo en Hugo, pero me asustaba encontrarme que el pobre idiota se me hubiera muerto ya.
—Ahora se conectará físicamente y le suministrará energía, descifrará el sistema operativo y descargará el contenido multimedia. —Tal y como terminé de hablar, un mensaje apareció en la pantalla del ordenador.
—Un fichero encontrado —leyó Corto—. ¿Sólo uno?
Me encogí de hombros. Yo también estaba decepcionada. El contenido multimedia de aquellos artefactos antiguos estaba muy valorado. Aún así, un solo vídeo era algo ridículo. Apenas pagaría por el alquiler de la lancha, y desde luego no hubiera merecido la pena arriesgarnos a que las patrulleras pudieran atraparnos. Al fin y al cabo, rescatar «cachivaches» en esa zona era ilegal. Aunque ya daba igual todo eso. Con Corto al mando, no íbamos a ver ni un céntimo.
—Ponlo —dijo, y me apuntó con el revólver. Me vi reflejada en las gafas de sol de Corto. Mi cuerpo blanco lechoso por la crema protectora que tanto Hugo como yo nos habíamos puesto contrastaba con la piel morena y cuarteada por el salitre de la persona que me amenazaba. Decían que la capa de ozono se estaba recuperando, pero lo que hacía Corto era puro suicidio. Seguro que el cáncer de piel si no había aparecido ya, aparecería pronto. Supongo que era un consuelo.
En la pantalla apareció un señor mayor, con barriga y poco pelo, vestido con la ridícula indumentaria que usaban en el XXI.
—¡Qué calentamiento global, ni qué leches! —dijo a la cámara— Os tienen comido el coco, como cuando lo de que aterrizamos en la luna. ¡Sí hombre, en la luna! Como si no se notara que es una película.
—No es una «teoría», es una realidad. Y siempre igual, cada vez que refresca, vienes con la misma historia. —La voz femenina que le respondía no salía en pantalla. Era probable que fuera la que estaba grabando el vídeo.
—Vaya idiota —se rió Corto de la grabación. Para él era difícil entender cómo pensaban en aquel tiempo y, a decir verdad, para mí también.
De pronto, todo se aceleró. Hugo se había levantado en silencio, a espaldas de Corto. No estaba muerto después de todo. Corto no era tonto, y en seguida adivinó que algo ocurría. Hugo, bastante más alto que Corto fue rápido, a pesar de la sangre que había perdido, y lo apresó por el cuello con su brazo, mientras se dejaba caer hacia atrás. Desesperado, Corto se agarró al ordenador modificado en el que estábamos viendo el vídeo rescatado del mar.
Todo acabó en un momento, Hugo y Corto cayeron por la borda, y con ellos el revólver, y el ordenador, con el teléfono móvil aún en su interior. Me asomé a la barandilla, esperando ver a alguien subir a la superficie, vivo o muerto. Pero nada subió. No perdí un segundo y me largué de allí con la lancha, ni siquiera apunté mi posición. Ya recuperaría el teléfono móvil o el cadáver de Hugo, sabía bien donde estábamos: justo encima de la Catedral de Cádiz. Otro día.

sábado, 9 de marzo de 2019

A que va a ser amor


Parece mentira. Que a mis años me enamore como un chaval. Seguro que es un desajuste de las hormonas, o que me he dado un golpe al salir de la ducha, vete a saber. Aunque siempre he tenido la cabeza muy dura, y en los análisis salvo el azúcar, todo bien. O, al menos, no mal del todo. Igual es amor, ya ves. El otro día me contaron un chiste: le preguntan a uno «¿Tú te casaste por interés o por amor?» y el tipo responde «Yo interés no tengo ninguno, así que va a ser que por amor». Pues éso. Que va a ser que es amor.
Y la cosa es que, si la miro, no veo en ella la cara más hermosa del mundo. A ver si me entiendes, no es una belleza que haga a los demás darse la vuelta cuando pasa. A lo mejor en algún momento lo fue, o quizás nunca llegó a serlo, no lo sé. Yo sé del aquí y el ahora, yo sólo sé de la cara que veo con estos ojos, este rostro que me dice del tiempo vivido y de las tristezas y los sinsabores, de las decepciones y los fracasos, pero también de las alegrías, las grandes y las pequeñas. Sobre todo, veo en ella las esperanzas y los sueños que a pesar de la vida y sus vueltas, se niegan a claudicar en su mirada. Si fuera amor, como el que cuentan los poetas y los escritores y toda esa gente almibarada, ¿no debía verla como salida de un cuadro, un ser angelical y perfecto, delicado y etéreo? A ver si no es amor, porque yo veo a una mujer real, con los pies en el suelo, que llora cuando está triste y ríe cuando está contenta, que a veces disimula una arruga, coqueta, y otras le da igual y dice que total para qué.  Y aún así, siento mariposas en el estómago cuando voy a verla, cuando voy a hablar con ella y le pregunto que qué tal y ella me dice «pues si no entramos en detalles, bien», y nos reímos los dos. A nuestra edad quizás es mejor no entrar en detalles.
Quizás sería mejor, pero entonces no podría preguntarle por la cicatriz en su brazo, y que ella me responda que es de cuando era capitán pirata en el Caribe, o cuando me sorprenda que yo cocine mejor que ella y se defienda diciendo que poco podía ella andar entre pucheros el tiempo que fue ladrona de guante blanco en Montecarlo. Otras veces me cuenta que también fue piloto de cazas en la RAF y guardia civil en Utrera, científica en la NASA y agente doble en Moscú, violinista ciega quién sabe dónde, si era ciega, limpiabotas en Berlín —pero el Berlín del otro lado, que estos jóvenes no saben—, miembro de la resistencia, manifestante en Tian Nan Meng, costurera en Sevilla y vedette en el Moulin Rouge. O puede que tan solo fuera maestra y ama de casa. Nada más y nada menos, porque a mi todo me embelesa de ella. Que es una mentirosa está claro, pero a quién vamos a culpar, quién no se inventa ésto o aquello, o pinta todo del color que mejor nos viene. En fin, no vamos a estropear una buena historia con la verdad. Qué necesidad habrá.
Así que Carmen —si ése es tu verdadero nombre, le digo—, sobrevuela mis pensamientos día sí y noche también. Alguna de sus historias será verdad, y yo lo que saco en claro es que es una mujer leal y cariñosa, luchadora y fantasiosa. Pero si me he equivocado, ¿qué? El amor es ciego ¿no? Así que qué más da. No será la primera vez que me equivoque, ni la última. Carmen dice que le gusta mi actitud, que hago como que estoy de vuelta de todo, pero que no la engaño. Ella lo sabe bien: durante un tiempo echaba las cartas y veía el futuro en una bola de cristal. Eso fue cuando se recorrió el país en una feria ambulante. Y lo dice sin pestañear.
«Háblame de ti», me dice ella. Pero a mí no me sale inventarme esas vidas extravagantes y fantásticas que tan bien le salen a Carmen. Yo soy más aburrido, más serio. Una vecina de mi madre le decía, cuando era joven, que yo era un niño viejo. Ahora ya perdí al niño, y me quedé solo con el viejo. Y es que lo mío no es interesante. Prefiero mil veces sentarme junto a ella, junto a Carmen, y que me cuente sus historias. ¿Me gustarían tanto si no estuviera enamorado? Pues igual sí, o igual no. A mis años no hay agua que no haya bebido ni verdades absolutas.
En fin, que tú dirás que por qué te doy esta charla. Vaya lata, pensarás. Bueno, pues tengo mis razones. Lo primero, porque tengo una recortada apuntándote, lo que implica que no te queda más remedio que hacerme caso. Esa es una buena razón. Lo segundo, pues supongo que por justificarme. Tú que eres cajero en este banco estarás acostumbrado a atracadores de todos los colores. A lo mejor hasta no te llaman tanto la atención unos vejetes como nosotros, con la media ocultándonos la cara y pegando tiros al techo. Pero es mi primer atraco, entiéndeme. Dice Carmen que con el botín nos iremos a Nueva York. O a Bombay, no me acuerdo. A vivir la gran vida, como cuando fue amante del Sha de Persia. Tampoco importa mucho.
Mírala, con qué desparpajo amenaza al director y le obliga a llenar la saca. En fin. A mí esto me da un poco igual. Es estar con ella lo importante, ¿sabes? Que yo con cualquier cosa me arreglo. Pero con ella. Siempre con ella.
Va a ser que es amor, ¿verdad?

sábado, 10 de noviembre de 2018

Esperando


No puedo llevar tanto tiempo aquí, pero no recuerdo cómo ni cuándo llegué. De todas formas la memoria en un sitio como este no es de fiar. Ni el tiempo. Debería estar más cansado de tanto esperar, que es lo único que hago, pero el caso, es que me encuentro igual que siempre, ni bien ni mal. Eso sí, no sé muy bien qué espero. Debería levantarme e ir a preguntar cuánto falta, pero me da vergüenza no saber qué decir si me responden «¿cuánto falta para qué?».
¿Y dónde está Amanda, y los niños? ¿No estarán preocupados por mi? Los niños no. Estarán con sus vídeos de Youtube y su Fortnite. Pero Amanda sí, claro. De todas formas, no creo que sepan dónde estoy. No lo sé ni yo. Pero bueno, Youtube y Fortnite mediante, supongo que me echan de menos, como yo a ellos. Siempre hago amago de mirar mi móvil, para ver si Amanda me ha llamado, y explicarle que todo esto es muy raro, que la gente viene y se sientan, y esperan, y que yo, claro, hago lo mismo. Pero es inútil, siempre me olvido que no tengo el teléfono. Se me rompió cuando me atropelló aquel coche. Ya me habían avisado que el tráfico en Ciudad de México era una locura. Yo les miré de forma un poco despectiva, lo reconozco. Es un defecto que tengo, no lo puedo evitar. Como cuando me contaban lo de la costumbre que tienen aquí el Día de los Muertos, de poner un altar con las flores y las velas, y las fotos de los seres queridos que ya faltan. Me puede la pedantería y, antes de darme cuenta, ya estaba criticando con suficiencia esa costumbre, calificándola de «superstición ignorante».  No está bien, no. Debería tener más respeto, me dice siempre Amanda. Yo le digo a éso que tanta tolerancia no lleva a ningún sitio y que, pues nada, repartamos todo nuestro dinero entre los pobres y los drogadictos, a ver qué le parece. Igual me dejo llevar un poco por mi carácter.
A veces me pregunto qué hago cuando no estoy esperando. Y no tengo respuesta. Creo que estoy durmiendo. Dormir y esperar, eso es todo. Debe ser un sueño profundo, eso sí, porque no tengo conciencia de quedarme dormido. A ver si voy a tener narcolepsia. Cuando vuelva a Madrid debería ir al médico de empresa, a que me lo mire sin falta.
Otra cosa que me he dado cuenta es que aquí resulta que, siempre que despierto, es treinta y uno de octubre. No me lo explico. Si yo tenía que estar de vuelta en la oficina el quince de septiembre. Espero que don Alberto, el director, sea comprensivo. Al fin y al cabo, me ha atropellado un coche, eso tiene que contar para algo. No es que doliera, la verdad, aunque debería haberlo hecho; me dio un buen golpe, de los de no contarlo después.
Todo este asunto sería para preocuparse de no ser porque no estoy solo, aquí hay muchos que esperan conmigo también. Aun así, la verdad es que casi nadie me hace mucho caso. Deben ser todos locales. Esperan, como yo, solo que la mayoría, tarde o temprano se levantan cuando les llaman, y van vete a saber dónde: no sé a dónde se dirigen, porque a mi nunca me nombran. No deben ir muy lejos, porque siempre vuelven, antes o después. Yo sigo aquí, sentado, cuando retornan. Casi todos vienen sonrientes, algunos con lágrimas en los ojos, hablando de cómo ha engordado la nuera, o qué guapa está la hija, o cuánto han crecido los nietos. Me miran con lástima al ver que sigo sin moverme de mi sitio y murmuran, pero yo hago como que no escucho, como que es normal pasarse aquí las horas sin nada que hacer, esperando en vano a que alguien diga mi nombre.
A veces pienso, eso sí, que quiero mucho a Amanda, pero que debería esforzarse un poco más en adaptarse a otras culturas. Donde fueres haz lo que vieres, que dice siempre don Alberto, que es un hombre muy viajado. Hay que respetar a otros pueblos y la forma que tienen de hacer las cosas, dice él. No es que don Alberto viaje muy lejos, porque le da miedo volar. Pero lo suple viajando cerca, pero muy a menudo. En cualquier caso, él sabe mucho, que para eso es director, y si lo dice por algo será. Y si el día de los muertos aquí ponen su altarcito, sus florecitas y su fotito, pues oye, que tampoco cuesta tanto, puñetas. Si tuviera el móvil a mano, le ponía un whatsapp explicándole todo a esto a Amanda, pero me está dando a mi que aquí no va a haber wifi.

sábado, 3 de noviembre de 2018

El último día de muertos de Porfirio Díaz


Porfirio deja atrás las luces y el bullicio de las calles parisinas y sube las escaleras del apartamento que tienen alquilado. No son muchos los escalones, pero se le hace difícil; al fin y al cabo, sus ochenta y cuatro años recién cumplidos pesan lo suyo. A pesar de ello, ni una sola queja ha salido de sus labios. No hasta entonces y no ahora, pero desde luego, menos aún si Carmelita estuviera presente. Es como admitir que es ya un anciano. Más de treinta años de diferencia entre ambos se notan ya a estas alturas de la vida.
 Aun así, Porfirio se resiste a claudicar. No lo va a hacer frente a una vulgar escalera, solo faltaba. Bufa con desprecio bajo su poblado bigote y acomete los últimos peldaños con una rabia que no sabe muy bien de donde ha salido.
Tampoco tiene muy claro por qué se ha escabullido de la celebración que tradicionalmente preside con su mujer cada año. «Ay, Carmelita, qué haría sin ti», piensa. La colonia mejicana en París todavía la trata como a una Primera Dama, mejor aún que a él, y el Día de los Muertos es algo que atrae mucho la atención, no solo de los mejicanos allí residentes, sino de los propios franceses. Les resulta pintoresco. Ella en esas situaciones está en su salsa, se le nota que disfruta, y él la deja hacer y deshacer. De hecho, Carmen lleva la voz cantante en sus vidas desde que abandonaron México.
No hubiera costado nada hacerla partícipe de por qué había decidido retirarse antes de tiempo. Y, aun así, es algo que quiere hacer solo.
Porfirio abre la puerta del apartamento, y a grandes zancadas, se dirige sin titubeo al pequeño altar que Carmelita ha preparado con cariño, siguiendo la tradición familiar  y nacional, ésa que mezcla sin vergüenza tradiciones preaztecas y católicas en un colorido batiburrillo fervoroso. Las personas que desde las fotografías rodeadas de velas parecen mirarle con un gesto adusto y cansado, solo le suenan ligeramente. Casi todos son de la familia de ella.
Porfirio extrae, del bolsillo interior de su levita otra fotografía, ésta recortada de un periódico antiguo. Lleva allí olvidada más de un año. Hoy, sin embargo, ha dado con ella por casualidad, al rebuscar por sus bolsillos en busca de un pañuelo. Ha olvidado por qué guardó esa fotografía, pero allí estaba. El hombre cuyo retrato había publicado el periódico contempla a Porfirio con seriedad, un poco seco quizás. Juzgándole, casi.
Con cuidado, para no deshacer la disposición del altar que Carmelita ha preparado con tanto mimo en recuerdo de los suyos, coloca en él la foto de aquel hombre.
—Te lo dije —dice Porfirio en voz alta—. Con buenas intenciones no se gobierna México.
Desde la fotografía, Francisco Madero parece querer replicarle. Porfirio resopla de nuevo. Si existe un más allá, desde allí le estará observando aquel hombrecillo. Y no duda que no lo verá con agrado. «Peor para él», piensa. Él, con casi toda seguridad, morirá en el sueño en su propia cama, después de dedicar los últimos años de su vida a viajar por toda Europa, por Egipto, incluso. A Madero, en cambio, le mataron a tiros, como a un perro al que es mejor sacrificar antes de que se revuelva y enseñe los dientes.
—Y tú, ¿qué sacaste de todo esto? —le dice.
La fotografía en blanco y negro sigue en silencio. A Porfirio le empiezan a temblar las piernas y busca una silla en la que sentarse.
Cuando Carmelita entra en el apartamento, tan sólo unas cenizas quedan del retrato.
—¿Qué pasó? No es propio de ti irte de un acto de esa forma —le dice Carmen, frunciendo el ceño al tiempo que se despoja de su abrigo.
—Estaba cansado —dice Porfirio—. Creo que me he hecho mayor. Y también creo que debemos mudarnos a un apartamento sin escaleras, Carmelita. Me he hecho viejo. De hecho, quizás ya me ha llegado la hora de descansar, ¿no crees?

domingo, 28 de octubre de 2018

Mictēcacihuātl


Mictēcacihuātl miró extrañada al hombre que frente a ella sonreía. Nadie hasta ahora le había llamado de tan lejos. Aquella era una tierra extraña, vieja, cansada, por la que nunca había sentido atracción y de donde nadie la había requerido hasta ahora. Pero aquel hombre de la sonrisa blanca no era de allí, tenía el olor de su hogar aún bajo la piel, un olor que ni el tiempo ni la distancia parecían capaces de borrar.
—¿Por qué me llamas? — dijo la dama de la muerte.
—Es el día de los muertos—dijo el hombre.
—Pero no hay flores de cempasúchil, ni copales en tu altar —respondió Mictēcacihuātl confusa.
—No, no hay, aquí no tengo nada de esto. Hace años me metieron en un barco y me trajeron aquí lejos de mi casa, de mi tierra, que ellos llaman México y a la que yo no había puesto nombre. Me dijeron que ahora tengo que adorar a otro dios, uno cuyo hijo murió en la cruz por mis pecados.
—¿Y tú les creíste? —preguntó Mictēcacihuātl.
El hombre se encogió de hombros. Al fin y al cabo, qué más daba lo que hubiera creído antes. Lo importante era lo que creía en aquel momento.
—¿Y por qué ahora, después de todo este tiempo? —preguntó Mictēcacihuātl.
—Siento que llega el final, y quería volver a casa, con mis antepasados. Pero está tan lejos que necesitaba tu ayuda para encontrar el camino —dijo el hombre, cuyo rostro no perdía la sonrisa.
Mictēcacihuātl se acercó para contemplar al hombre. Vio entonces su rostro arrugado, y su mirada mortecina y supo que era verdad, que pronto lo tendría en su reino. También entonces se fijó en la soga que rodeaba su cuello.
—Sea, vamos —dijo Mictēcacihuātl y el hombre saltó del taburete sobre el que estaba encaramado, quedando su cuerpo inerte colgando de aquella horca improvisada.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Ganarás la luz.

Microrrelato enviado al concurso 'Ganarás la luz'. La extensión debía ser de 100 palabras o menos, e incluir la frase que da título al concurso.

Los relatos ganadores están aquí.



Título: Redención

Jacinto salió a desayunar, como cada mañana. Aproveché para vaciar la caja. Casi un millón en una bolsa de basura, en el asiento de al lado del Fura.

Toso otra vez, y es como si escupiera mis entrañas. “Ganarás la luz”, me dice mi padre, en el asiento de atrás. Pero lleva diez años muerto.

Entro a pie en las Barranquillas. Arrastro la bolsa bajo el sol, y una vez en su centro, lanzo los billetes al aire. Llueve dinero y alrededor baila la locura.

“Padre, esta vez no ganó el llanto”, pienso mientras me acerco a él.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Una tarde de verano


Jugábamos a la Vuelta a España sobre el suelo rojizo de la terraza. Habíamos marcado con tiza blanca en el terrazo una carretera sinuosa por donde corrían las chapas. Cada una era única, como atestiguaban los redondeles de papel cuadriculado, recortados de los cuadernos del cole. Los habíamos pintado con los colores de cada equipo, y habíamos escrito en ellos los nombres de los ciclistas. No sé cuántos equipos hicimos, se me ha olvidado ya. Me acuerdo solo del Kelme y del Reynolds, pero hicimos más, seguro. Apuntábamos lo que cada corredor tardaba en recorrer aquella carretera que cada día trazábamos distinta, y hacíamos clasificaciones diarias de montaña, metas volantes, y claro, la general. Mi favorito era Vicente Belda, y el de Jaime era José Luis Laguia. Cada etapa duraba una tarde entera. Una tarde lenta y pegajosa de verano. Era lo único en lo que le ganaba a mi hermano.
El recuerdo de aquellos días es vaporoso, etéreo. Me asalta como la niebla que se cuela por la ventanilla del coche que mi padre ha bajado para disipar el olor acre de su sudor.
—¿Vas a bajar conmigo?  —dice con cierta brusquedad, como si llevara tiempo pensando hacer esa pregunta y no se atreviera hasta ahora.
Mamá le mira y mueve la cabeza a uno y otro lado. Se muerde el labio para no llorar, pero las lágrimas se agolpan en sus ojos, y parece querer gritar como otras veces «tú se la compraste, es culpa tuya».
Y entonces me acuerdo otra vez de Jaime, de su sonrisa pletórica cuando llegó papá con la bicicleta de carreras. El marco era rojo, de Otero, y los cambios y los frenos eran Shimano. Aquella bicicleta daba mil vueltas a mi Orbea verde de manillar alto, con timbre y bocina. Porque la suya era una bicicleta de carreras, una bicicleta que ya no era de niño, como la mía. Para entonces él ya había entrado en el equipo, y no tenía ya tiempo de jugar a las chapas conmigo. Todos los domingos, a las siete de la mañana, bajaba enfundado en sus culottes y su maillot de Talleres Armesto, que aquel año les patrocinaba, y junto al resto de chavales se echaban a la carretera. Yo a esa hora apenas era capaz de abrir un ojo con legañas y verlo vestirse en silencio.
Ahora, borroso, como si saliera de ese mismo sueño en el que reside el Jaime de doce años, papá abre la puerta del coche y sale al exterior con la cabeza baja. Pero no es mi padre de aquel tiempo en el que Jaime corría por el arcén con su Otero. Papá lleva en sus hombros el peso del mundo, y en su mano un ramo pequeño, de flores que recogió ayer en el campo y que ha mantenido toda la noche con agua en una jarra. Son flores sencillas y humildes, de ésas que no vas a comprar en la tienda, pero son bonitas. Mamá se queda en el coche, y apoya su frente en la ventana, sintiendo el frío de la mañana en su piel, los ojos ya cerrados, las palabras ahogadas en su garganta. No ve como papá se arrodilla y deja el ramo con delicadeza en esa cuneta en la que el viento y la lluvia se ha llevado los de otros años pasados.
Jaime ya no monta su bicicleta, y yo quiero sostener la mano de papá mientras busca una razón para seguir sintiendo. Quiero abrazar a mamá y secar las lágrimas que se escapan por sus mejillas, y pienso si algún día recuperará la sonrisa, aunque de sobra sé que no, que algo en su alma se ha roto y ya nunca nadie podrá repararlo. Quiero decirles que nadie tiene la culpa de lo que sucedió. Simplemente quería sentir lo que él, el viento en mi cara, las ruedas sobre el asfalto, los platos y piñones coordinados para que cada pedalada me llevara lejos, lejos. Quería conducir la Otero con cambios Shimano de Jaime como él hacía. Quería ser mayor, quería ser ciclista, como mi hermano. Por eso la cogí sin su permiso. Por eso salí a la carretera sin que nadie lo supiera.
No me acuerdo ya de qué pasó. ¿Un accidente? ¿un conductor borracho? No sé. Todo se desvanece en esta bruma esponjosa que oculta otra vez a papá y a mamá. Jaime ya hace tiempo que no viene, él tiene el alivio y la maldición de poder pasar página. O quizás viene a diario, ya no lo sé, podría estar equivocado porque los recuerdos van perdiendo los hilos y las costuras de este mundo de donde aún no me he ido, están tan holgadas que se van perdiendo las sedosas telas que lo cubren, y apenas el eco de un reflejo queda. Pero me acuerdo, eso sí, de cuando Vicente Belda le ganó la Vuelta a José Luis Laguia, por tres toques de chapa, una tarde lenta y pegajosa de verano.