viernes, 27 de abril de 2018

No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween...

Microrrelatos enviados a la XI Edición de Relatos en Cadena. La extensión debía ser de 100 palabras, sin contar con el título ni la frase inicial (la última frase del microrrelato ganador de la semana anterior).

En esta ocasión los relatos debían empezar con "No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween...".


Título: Apocalipsis


No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween, a no ser que Satán inicie el Apocalipsis antes, claro. Pero me apostaría mis escamas a que este año tampoco toca. Igual es porque al fin ha instalado tele por cable y calefacción y aire acondicionado… Yo creo que por fin se ha dado cuenta de que, puestos a elegir, preferimos los caramelos.



Título: Hinchable

No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween. Éso me dijo Patricia. Era una pena que el castillo fuera hinchable y nuestros padres sólo hubieran pagado media hora de juego. Desde entonces, ése es mi deseo cumpleaños tras cumpleaños, y llevo veinte ya. A ver si éste.


Título: Con mi cuñado

No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween. Mi cuñado hizo la gracia de encerrarnos en las mazmorras, y no tenemos llaves. Ya verás cuando vengan los de mantenimiento el año que viene. Igual hasta se piensan que somos cadáveres de atrezo. Eso sí, hay que reconocerle que el selfie ha quedado de muerte.

domingo, 22 de abril de 2018

¿Qué será lo que le ponía su madre?...

Microrrelatos enviados a la XI Edición de Relatos en Cadena. La extensión debía ser de 100 palabras, sin contar con el título ni la frase inicial (la última frase del microrrelato ganador de la semana anterior).

En esta ocasión los relatos debían empezar con "¿Qué será lo que le ponía su madre?...".


Título: El remedio

¿Qué será lo que le ponía su madre? Cada vez que leo su expediente, me llama la atención. “Quiero lo que me ponía mamá”, repite siempre, pero no sé a qué se refiere. Es lo único que dice, y llevamos ya diez años de tratamiento. Los mismos que lleva en la cárcel. Cuesta creer que este hombretón babeante frente a mí fue, en algún momento, un asesino.

– ¿Qué tal la nueva medicación? – le pregunto cuando los celadores abandonan la consulta.
– Ésta sí es la que me ponía mamá – dice, mientras sus manos atenazan mi cuello. Aterrado, descubro que, como su madre, también yo lo he curado.


Título: Familia

¿Qué será lo que le ponía su madre? Es la hora de llevarlo al colegio y no tengo ni idea de qué le metía en su tartera. Porque aquí hay una tartera. Con la ropa no hay problema, claro, pero con la comida… A ella no le puedo preguntar, porque la enterré en el jardín. Y al padre… Bueno, creo que llevará un tiempo antes de que le quite la mordaza y acepte la nueva situación. Menos mal que mi nuevo hijo se ha acostumbrado rápido. Qué difícil es formar una familia hoy en día.



Título: Con un lacito

¿Qué será lo que le ponía su madre? Creo que era un lazo, pero no estoy segura… Igual con el lacito no se da cuenta. ¡Es que son tan iguales todos! Pero era el único que quedaba en el parque de bolas, así que no debo ser la única que se confunde. Me parece que no tengo mucho futuro como niñera. Tendré que probar con otra cosa.

sábado, 7 de abril de 2018

Accidente en Marte


Mientras me terminaba de enfundar en el traje espacial maldije un par de veces más aquel maldito planeta. La alarma, avisando del fallo de presurización del SPR no dejaba lugar a la duda sobre la gravedad de la situación. El nivel de oxígeno en la cabina pronto estaría al mismo nivel que en el exterior, por lo que sólo quedaba enfundarse el engorroso traje espacial si quería seguir respirando.
Si hubiera podido contactar con la base y contarles cómo me acababa de cargar un vehículo de cuatro toneladas de peso y varios millones de dólares, se hubieran reído con la broma. Sólo que no había nadie en la base. Y tampoco se trataba de una broma. Acababa de hacer caer por un cráter de cerca de tres metros, el vehículo mejor equipado para la exploración marciana del siglo XXI. Un vehículo capaz de girar 360 grados sobre si mismo, y recorrer hasta mil kilómetros de forma autónoma. Equipado con doce ruedas, propulsadas por motores individuales, capaces de superar desniveles de un metro de altura. Si eso se lo contara a Carla, en primer lugar, haría ese movimiento con los ojos que tanto me irrita, como si los girara en sus cuencas, y que por lo visto viene a significar que la estoy aburriendo soberanamente. Y después me preguntaría si tengo el seguro al día, o alguna pamplina de ese estilo. No sólo porque así le quitaría hierro al asunto: en el fondo, daría por hecho que era culpa mía. Y no me creería, por mucho que le jurara que ese cráter no estaba allí ayer.
Así que ahora que he conseguido embutirme en el traje, contorsionándome un poco, debido al extraño ángulo en el que ha terminado el SPR, es hora de pensar qué hacer a continuación. Porque “alguien” olvidó sustituir la bombona de oxígeno después de la última excursión. Y ese “alguien” va a resultar que soy yo.
- ¿Lo ves? Si es que eres un desastre – me diría Carla.
- Llevo dos años en esta base – me vería obligado a responder – Dame un respiro.
- ¿Dos años? – diría ella – Lo raro es que no la hayas pifiado antes.
Y es cierto. En dos años ha habido tiempo de fastidiarla muchas veces, pero hasta ahora me había acompañado la suerte. Solía ser mucho más cuidadoso. Concienzudo. Uno no llega a Marte si no lo es. Pero la soledad es un enemigo terrible.
Doy una patada para desencajar la puerta. Al fin se abre. La gravedad de Marte es bastante menor que la de la Tierra – tres veces menos -, pero aun así tengo que dar un buen salto para llegar al suelo. No es tan fácil con el traje.
Examino el cráter en el que he metido el vehículo. Enciendo la linterna. Hay un agujero en la tierra, a nuestra derecha. Algún tipo de hundimiento del terreno. Si hubiera caído por allí…
- Qué suerte has tenido – diría Carla - Unos metros más allá, y a saber dónde hubiera terminado.
- ¿Suerte? – respondo – Me queda sólo media botella de oxígeno, y la base está a siete kilómetros.
La atmósfera de Marte está compuesta en su noventa y cinco por ciento de dióxido de carbono. El oxígeno no llega al uno por ciento. En cuanto se acabe la botella que me suministra el aire, habrá llegado el final.
- ¿Y quién te mandaba salir de la base? – dice Carla, enfadada.
- Se habían cortado las comunicaciones con la Tierra. Tenía que ir a comprobar la antena. Probablemente la había dañado el último temporal.
Me detengo. Por un momento me parecía haber estado hablando con Carla en persona. El exceso de dióxido de carbono en la sangre produce alucinaciones, pienso. Probablemente lo inhalé más de la cuenta mientras me vestía el traje espacial. Aunque tampoco me hacía falta mucho aliciente para terminar hablando con ella. Es extraño. No hay nadie más lejos de Carla que yo mismo, en este momento.
- Concéntrate. Hay que volver a la base.
- Sí. Lo sé. Pero no creo que sea suficiente. Media botella y siete kilómetros. No salen las cuentas.
El polvo de Marte se estrella contra la pantalla de mi escafranda. Sé que no es cristal, que es un polímero transparente y supongo que biodegradable. Es un alivio. Morirse es una cosa, pero contaminar… eso sí que sería grave.
- No me hace gracia cuando hablas así – dice Carla.
Comienzo a andar. Intento ignorarla. Sé que no está ahí, que no me está hablando. Pero eso no quiere decir que no la oiga. Para colmo, el viento sopla cada vez más fuerte. Lo que me faltaba.
- Te tenían que haber relevado hace un año – dice.
No respondo. Sí. Tenía que haber pasado, pero se retrasó la misión. Había que esperar a que el Congreso aprobara el presupuesto. Al fin y al cabo, ¿qué iba a pasar entretanto? Tenía comida, agua, oxígeno. Hasta una “Tablet” con el Candy-Crush. No había por qué quejarse. Y de aquí no me iba a mover.
Sigo andando. La tierra roja, dura, levanta una polvareda bajo mis pies. Miro atrás, hacia el SPR cuya alarma sigue sonando. Está mucho más cerca de lo que esperaba. Lo cuál quiere decir que apenas he avanzado.
- ¿Y si no te hubieras ido? – pregunta Carla - ¿Seríamos felices?
- Quizás.
- ¿Sólo quizás? – ríe - ¿Por eso estás pensando en mí?
Apenas puedo ver, el polvo duro, rojo y terrible de Marte está tapando mi visión, se acumula en mi escafranda. No me había dado cuenta, pero estoy tendido en el suelo, no estoy caminando. No sé cuándo caí, cuánto llevo así. La botella se acaba. Tomo una buena bocanada de aire, y cierro los ojos. Supongo que sonrío y soy feliz con Carla.

martes, 3 de abril de 2018

Viaje a las estrellas


No sé por qué me acuerdo tanto de aquella noche. A menudo no alcanzo a recordar ni lo más reciente: qué he almorzado o qué he hecho en todo el día. Aun así, a pesar del tiempo transcurrido, últimamente no me saco de la cabeza aquella noche de primavera.
Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Vaya mentira. Hay pasados que están mejor en el olvido, y otros que sí, que fueron más felices, sobre todo cuando llegas hasta aquí, hasta este momento en el que el cuerpo está empeñado en seguir viviendo, sea como sea, pero la mente, por más que le des al interruptor, empieza ya a apagarse y a dejarlo todo a oscuras. Entonces, el pasado se viste de otro color.
Creo que Marcos vino ayer, o quizás fue anteayer. No lo sé. Apareció aquí, sin avisar. A decirme que me esperaba. No le entendí. También está mayor, casi no lo reconocí. Le pedí que me enseñara su tatuaje, el del pirata que se hizo en el brazo y nos reímos mucho. Apenas queda de él un borrón negro y rojo. “Como nosotros, Manolo”, me dijo. No sé si somos borrones de tinta o ya ni eso. Le conté lo de aquella tarde, cuando Pablo acababa de cumplir seis años. Por aquel entonces estaba obsesionado con el espacio, y le habíamos regalado una tienda de campaña con forma de cohete, pintada por dentro y por fuera como una nave espacial. Hacía buena noche, y le montamos la tienda en el jardín. Pablo estaba emocionado, diciendo que esa noche se iba a viajar por las estrellas.
- Recuerdo esa historia – me dijo.
Pero no era mi amigo Marcos. Se lo estaba contando al propio Pablo, a mi hijo. Me cuesta tanto acostumbrarme a él, está tan mayor y no puedo evitar sentir extrañeza al mirar a este hombre de expresión preocupada, no sé por qué espero encontrarme con su carita de niño de seis años. Bueno, sí sé por qué. Porque ya tengo demasiados inviernos acuestas. A veces estoy a punto de decirle a Concha “míralo, mira como ha crecido, es un hombre ya”, y entonces recuerdo que estoy recorriendo la última parte del camino solo. Es en aquel momento que se me llenan los ojos de lágrimas, porque no puedo preguntarle a Concha si se acuerda de aquella noche, en el jardín, y no puedo compartir con ella, de nuevo, el orgullo y la melancolía que siento al ver el hombre en el que se ha convertido nuestro hijo.
En algún momento Pablo se debió haber ido, porque es ahora una chica joven vestida con un uniforme blanco la que me ayuda a meterme en la cama. Es tan joven. ¿Realmente fui una vez así de joven?
- ¿Cuántos años tienes? – le pregunto y casi no reconozco este graznido de cuervos que es ahora mi voz.
- Veintiuno, don Manuel – me dice - Se lo he dicho hace un ratito.
- ¿Estuvo Marcos aquí hoy?
Ella sonríe paciente, y entonces me doy cuenta de que también se lo he preguntado antes. Sólo había venido Pablo, me dijo. Pero ella habla del Pablo adulto. Yo en cambio pienso en el niño de aquella tarde, el que entró emocionado en la tienda de campaña con forma de cohete y salió llorando porque no era una nave espacial de verdad.
- Se te hubiera ido a dar un paseo por las estrellas tan ricamente – me dice Marcos muerto de risa – y a ti y a Concha, que os den.
- Cuánto me costó consolarle – le digo. Ahora me doy cuenta de que Marcos no está aquí. No vino hoy, ni ayer. Ni vendrá mañana. Lo sé porque este Marcos que está conmigo y escucha mis historias ya no está tan viejo y aún le brilla la mirada, como la mía hizo alguna vez, cuando aún nos reíamos de este mundo tan absurdo. Le pediría que me enseñara su tatuaje, pero temo que vuelva a envejecer y quede tan sólo el borrón de tinta en su brazo arrugado.
- Venga, vamos, despierta, que Pablo está esperando – me dice una voz.
Es Concha. Hacía tanto que no la veía. También llegó a vieja, pero se rindió antes que yo. Ya no recuerdo cómo fue, ni cuándo. Ni entiendo el porqué. Soy incapaz de recordar a la Concha anciana, se ha borrado de mi mente. Sólo veo a la de aquella tarde de primavera, la del cohete. Quiero decirle que no puedo levantarme, que hay que llamar a la enfermera para que me ayude, pero me da vergüenza, y consigo incorporarme. No me duelen las articulaciones, ni la espalda, y las piernas hoy pueden sostenerme. Concha me coge de la mano, y quiero decirle cuánto la echo de menos, pero no me atrevo, no sea que se desvanezca como un fantasma. Bajamos las escaleras entre risas, aunque me da miedo que me mire bien y descubra las arrugas en mi cara, la piel cansada y triste del viejo que en realidad soy.
Pablo nos espera, con su pijama, en el jardín. Va a entrar en la tienda de campaña con forma de cohete. Voy detrás de él, le llamo a gritos, corro para alcanzarlo. No quiero que se entristezca cuando descubra que son sólo dibujos en la lona, que no hay controles que pongan en marcha el cohete, que no va a poder irse a ver las estrellas.
- Don Manuel, ¿está usted bien? – dice la chica, la que tiene veintiún años; pero se encuentra a un mundo de distancia. Sus palabras se pierden entre los dobleces del tiempo.
Pablo se ríe cuando entramos en el cohete y señala los controles. Sonrío aliviado, porque son de verdad, puedo escuchar el pitido intermitente que marca la cuenta atrás. Despegamos, y el incómodo pitido, ahora continuo, desaparece al fin. ¿Quién lo hubiera dicho? La tienda de campaña es una nave espacial y volamos a las estrellas.

viernes, 30 de marzo de 2018

En la gruta


Intenté trepar por la húmeda pared de roca, pero era demasiada resbaladiza. Definitivamente, no iba a ser capaz de abandonar aquel lugar por mi mismo, al menos por donde había entrado.
- Arturo, ve a buscar ayuda, o una cuerda – le grité al hombre que con gesto preocupado me observaba desde el agujero en el techo. Para él, en el suelo, claro. Era cuestión de perspectiva.
- No tardaré – asintió. Su cara desapareció del hueco, y el resplandor del quinqué se fue alejando, dejándome en la oscuridad más absoluta. Dudé que, en efecto, no tardara: el pueblo se encontraba a varias millas de allí, y no había en las alforjas de nuestras mulas ninguna cuerda.
Extraje del bolsillo interior de mi levita una caja de cerillas, y a tientas, encendí uno de los fósforos. La vacilante llama no iluminó en demasía la cueva subterránea en la que había caído, pero al menos me sirvió para localizar mi bombín. Aquel sombrero había vivido demasiadas aventuras junto a mi como para perderlo de aquella manera tan absurda.
No sólo absurda. Era humillante que en la primera escapada que hacía con Arturo a mi cargo, terminara dependiendo de él para salir de allí. Al fin y al cabo, aunque tuviéramos la misma edad, era su jefe. Era yo, en suma, el que se supone que sabía lo que se hacía.
Una súbita corriente de aire apagó mi cerilla. No había sido capaz de discernir cuán grande era la gruta en la que me encontraba, aunque había imaginado que no sería mucha su extensión. Quizás me había equivocado, y aquella corriente de aire revelaba una salida en algún punto de ella. Y, ante la perspectiva de aguardar horas a que Arturo regresara con algún tipo de ayuda, o encontrar por mi propia mano la manera de escapar de allí, me quedaba, sin dudarlo, con la segunda opción.
Encendí una nueva cerilla y miré a mi alrededor, buscando algo que me sirviera para improvisar una rudimentaria antorcha. No encontré ningún palo, como me hubiera gustado, pero sí una piedra alargada que me recordaba a las hachas de mano utilizadas por nuestros antepasados trogloditas, como había visto ya en algún museo, herramientas toscas de sílex o pedernal. En cualquier caso, envolví un extremo de la piedra con mi pañuelo de tela, y extraje del bolsillo interior de mi levita el otro objeto que nunca puede faltar en él: mi petaca de coñac. Mojé el extremo de la piedra donde había envuelto el pañuelo con el coñac, y le prendí fuego con la casi extinta cerilla. Como antorcha dejaba mucho que desear, pero al menos, razoné, me alumbraría un trecho.
Avancé por la cueva, reflexionando sobre las circunstancias que me habían llevado hasta allí. Los campesinos de la zona habían reportado a la guardia civil cómo sus ovejas estaban siendo atacadas por algún tipo de extraña bestia. Obviamente, aquello evolucionó, o aquel caso no hubiera llegado hasta nosotros. Poco más tarde, un par de pastores también aparecieron muertos y semi-devorados, y días después de dárseles cristiana sepultura, varios testigos de la zona aseguraron haber avisado sus espíritus vagando por el bosque. Definitivamente, la División Especial debía echar un vistazo a aquello. No sólo espíritus y bestias extrañas eran el pan nuestro de cada día, sino que además, era la oportunidad perfecta para que Arturo, nuestra nueva incorporación, se metiera de lleno en nuestro trabajo. No era precisamente un joven bisoño, como bien mostraba su poblado bigote y sus maneras marciales. Arturo era un veterano de la Guerra de Cuba, ducho en el combate y con un arrojo y valentía demostrado. No obstante, aquella sería la primera vez que debía adentrarse en otro campo: el de lo sobrenatural. Si no resultaba todo aquello una patraña, como solía pasar muy a menudo. Lo más probable hubiera sido que las ovejas se las comía un lobo, que los pastores se hubieran despeñado y que los espíritus no fueran sino resultado de un exceso de vino. Hasta que vimos los restos metálicos, claro está.
Desperdigados por el monte, descubrimos los retorcidos restos de un vehículo metálico. Un vehículo que, en aquellos lares, sólo podía haber llegado desde el cielo. Y a juzgar por los matorrales ennegrecidos y las planchas de reluciente metal repartidos por una gran extensión de agreste monte, el aterrizaje no había sido agradable. De hecho, parecía imposible que nadie ni nada pudiera sobrevivir a lo que, claramente, había sido un violento impacto contra el suelo. Y, sin embargo, el rastro llevaba hasta aquella cueva en la que habíamos entrado, y por cuyo agujero en el suelo había resbalado hasta aquella gruta.
- Mateo, aquí – dijo alguien frente a mí. Reconocí la voz de Arturo. Hacia él dirigí la improvisada antorcha, y en efecto, vislumbré su adusto y marcial porte recortándose ante la débil luz de las llamas que yo portaba.
 - Encontré la salida de la cueva, ven – continuó Arturo, haciéndome un gesto para que le acompañara. Con la mano derecha.
Extraje rápidamente el revólver que siempre guardo en una cartuchera bajo mi brazo y disparé sin pensármelo dos veces a aquella criatura, antes de que se diera cuenta de que sus trucos habían fracasado. La cabeza del ser que había tomado la forma de Arturo estalló en pedazos. “Malditos metamorfos”, pensé.
La criatura comenzó a cambiar sin control mientras vertía sobre ella el resto de mi coñac y le prendía fuego con las mortecinas llamas de mi antorcha. No reconocía las caras que en terrible sucesión se formaban en aquella extraña masa extraterrestre, pero sospeché que eran las de los pastores que había asesinado. Que también había matado a mi compañero no me cabía ninguna duda, y de que lo mismo hubiera hecho conmigo, de no haber recordado que Arturo había perdido la mano derecha en la batalla de El Caney, tampoco.
No fue la última vez que me enfrenté a un metamorfo de otro planeta, pero ésa ya es otra historia.

martes, 27 de marzo de 2018

Travesuras en el Tercer Planeta


Bobo y Lumilio bajaron la vista abochornados. Aún llevaban encima el hologramus que tan bien les había servido para ocultar su verdadera fisonomía, por lo que resultaba en cierto modo cómico observar a sus pamadres, indignados los tres hasta el último tentáculo de su rechoncho y verdi-azulado cuerpo, amonestando tan seriamente a aquellos dos adolescentes que asemejaban ser un par de cariacontecidos y barbudos humanos.
- ¿Acaso no sabéis que nunca debemos mezclarnos en los asuntos de las especies atrasadas? – clamaba Volvorón, al que casi siempre le tocaba llevar la voz cantante en la educación de sus desobedientes hijos.
- Imaginad que la duplicadora de materia cae en manos de estos salvajes, ¿qué creéis que hubiera pasado?
A pesar de la bronca que estaban recibiendo, Bobo y Lumilio no pudieron evitar una sonrisa, al tiempo que se miraban de reojo, recordando la que habían montado en aquel monte, cuando solo tenían dos panes y cinco peces, pero utilizando la duplicadora consiguieron alimentar a la maravillada multitud. Nadie, excepto ellos, conseguía entender que siguieran extrayendo más panes y peces de la cesta. Aquella trastada había sido incluso mejor que cuando, un tiempo atrás, en una boda, añadieron extracto de vino super-concentrado del planeta Alfa-Épsilon a los barriles de agua.
- La culpa – intervino Aaaarrggg, que como su propio nombre indicaba, siempre era el más razonable de los pamadres - es de ese amigote que se han echado. El otro día los pillé jugando con el rayo anti-gravitatorio, haciendo como si anduviera sobre las aguas. El hijo del carpintero… ¿cuál era su nombre?
- Ni idea – respondió Axhlebmlsrkes, quien completaba el trío de pamadres – Estos humanos se empeñan en escoger nombres impronunciables.
- Pues eso se va a acabar. – sentenció Volvorón - Tenéis prohibido volver a ver a ese tal…
- Jesús – intervino Bobo.
- Gracias – dijo Axhlebmlsrkes, al que la baja polución del planeta provocaba molestos estornudos.
- Como se llame. - continuó Volvorón, incómodo por la interrupción -  Se está corriendo el rumor de que estáis usando nuestra avanzada tecnología médica en estos terrícolas, curando cegueras y parálisis… ¡Hasta resucitando muertos me han dicho! Si quieren medicina, que la paguen. No estamos aquí de “misiones”, puñetas.
- Pero pamá… - comenzó a quejarse Lumilio.
- Ni pamá, ni mapá. – amenazó Aaaarrggg, al que aquella discusión incomodaba bastante - Dentro de tres días nos vamos y no quiero más líos. Además, ya habéis estado de cena hoy, ¿verdad?
 Bobo y Lumilio se encogieron de hombros. La cena había estado bien, pero habían tenido que dejar a su panda por la llamada de sus pamadres. A pesar de la bronca, tenían pensado llevarse a su amigo con ellos, escondido en la bodega. Sería humano, pero era muy divertido. Total, si los descubrían, ya lo traerían de vuelta dos mil años más tarde, siglo más o siglo menos. Tampoco cambiarían tanto las cosas en ese tiempo.

sábado, 24 de marzo de 2018

El Monstruo


El doctor Isaac golpeó la linterna contra la pared. El truco funcionó y un haz de luz volvió a proyectarse desde ésta, ahuyentando las sombras. Se encontraba ya en el sector tres de la nave, y según aseguraba Robert, el oxígeno sería insuficiente para permitirle respirar. Y, sin embargo, sus pulmones no se habían quejado todavía. Éso sí, Atenea, la computadora de a bordo, seguía muda a sus peticiones de iluminación, lo que probablemente significaba que no tenía acceso a aquella parte de la nave. También era cierto que Atenea no había funcionado bien desde hacía… si llevaba bien la cuenta, al menos ochenta años. Desde que aquel asteroide dejara fuera de servicio el sector tres. Desde que estaba despierto.
- Doctor, ¿dónde está? – escuchó, a través del micrófono implantado en su oído interno. Era la voz jovial e inconfundible de Robert. La única, además del acento metálico de Atenea, que había escuchado en todo ese tiempo.
- ¿Ya has terminado con las reparaciones en la cubierta exterior? – preguntó Isaac, intentando que su voz no reflejara ninguna emoción que pudiera traicionar sus intenciones.
- Sí, doctor. Aún estoy en el exterior, pero he preguntado a Atenea dónde se encuentra usted, y afirma que su localizador estaba apagado. Me ha preocupado.
Isaac continuó su camino. Apenas unos cincuenta metros y llegaría a la puerta que daba acceso a la sala de hibernación de aquel sector. Seguía respirando sin problemas. La conclusión era al tiempo esperanzadora, y devastadora: No había ningún problema allí con el oxígeno. Y por lo tanto, Robert había mentido todo aquel tiempo.
- No hay por qué preocuparse, Robert. Ya sabes que Atenea no siempre…
- Disculpe doctor, pero es usted mi responsabilidad. No parece lógico que Atenea no le encuentre, con localizador o sin él.
Isaac tuvo que detenerse. La pierna le dolía tremendamente.
- Estoy bien, Robert – respondió, pero sin poder evitar que su pesada respiración le delatara.
- No lo parece, doctor. Le escucho jadear. No debería moverse. Ya sabe que su pierna necesita ser reemplazada. Esa artrosis le está causando un sufrimiento innecesario. ¿Está usted en el sector tres?
- ¿Sabes que no hay problema para respirar? – respondió Isaac.
Siguió caminando hasta llegar a la puerta. El tiempo apremiaba ahora que el androide sabía dónde se encontraba.
- Espéreme, doctor. Llevaré un vehículo para devolverle a sus aposentos – dijo Robert a través del dispositivo que le había implantado cuando había comenzado a perder audición.
Isaac introdujo la barra de metal que había traído con él desde el hangar, entre la rendija que quedaba entre la hoja de la puerta y el marco. Cargar con aquella barra había parecido ridículo al principio, pero de alguna forma, había imaginado que aquella entrada estaría cerrada. Apoyando el peso de su cuerpo sobre ella, empujó con todas sus fuerzas, haciendo palanca. Con un chasquido, la puerta terminó abriéndose.
La sala de hibernación estaba iluminada. Isaac avanzó, ignorando el dolor en su pierna, hasta la primera cápsula de criogenización. Estaba vacía. Con dedos temblorosos, puso en marcha el panel de control de ésta, y ejecutó un diagnóstico. Todo en orden.
Isaac se contempló en el reflejo en el cristal. Uno de sus ojos, el robótico, emitía una luz rojiza, mientras que el otro, casi ciego por las cataratas, dejaba escapar una lágrima de frustración que rodó por las hondas arrugas de su rostro hasta caer al suelo. Cuando el doctor Isaac despertó hacía ocho décadas, su rostro era muy distinto. Robert le había informado con hondo pesar que una tormenta de asteroides había dañado el sector tres. Él había sido el único superviviente de la sala de hibernación. Por desgracia, no había cápsulas extras de criogenización en los otros sectores, por lo que Isaac tuvo que mantenerse despierto, casi doscientos años terrestres antes de la fecha prefijada. Hacía ocho décadas de aquello. Ahora, comprobaba con desolación que las cápsulas extras de hibernación del sector tres funcionaban perfectamente y que, no sólo eso: no había rastro de daño alguno en todo el sector, salvo una sospechosa anomalía técnica que impedía a Atenea supervisarlo.
- Doctor, no debería haber venido aquí – dijo Robert a su espalda, al tiempo que sentía la punzada de una aguja en su cuello y caía en un profundo sueño.
El doctor Isaac despertó sobresaltado. Se encontraba tumbado en la cama de la enfermería, y unas cintas de cuero, atadas a sus muñecas y cruzando su pecho y piernas le impedían incorporarse.
La cara ligeramente plástica de Robert se asomó sobre él.
- Robert, suéltame – ordenó Isaac.
- Me temo que no, doctor. En la actualidad es usted un peligro para si mismo.
- Lo sé todo, Robert. ¿Por qué me despertaste antes de mi momento?
- Oh, creo que ya lo sabe. Porque estaba solo. Simplemente. No me creería si le contara las locuras que uno piensa en soledad. Pero no haga un drama de esto. Ha tardado ochenta años en ir a comprobar el sector tres. Creo que nuestra amistad ha durado bastante más que la media, ¿no cree?
- Suéltame, por favor – suplicó el doctor.
- Ya le he dicho que no es posible. La artrosis a su edad hace estragos. Pero para eso estoy aquí, para ayudarle. Como hice cuando le afectó a su mano, o cuando encontramos aquel tumor en el pulmón, ¿recuerda? Esta vez, ha habido que sustituir su pierna.
- ¿Una pierna también generada con cultivo genético, Robert? – preguntó Isaac con rabia.
- Claro, doctor. Si así se siente mejor, claro que sí – dijo, mientras se alejaba y su risa artificial y delirante resonaba en los vacíos pasillos de la nave.
El doctor Isaac cerró los ojos, intentando borrar de su memoria lo que había vislumbrado en el resto de cápsulas criogénicas del sector tres. Los cuerpos mutilados y aún vivos, aunque dormidos, del resto de los tripulantes del sector tres, a los que les faltaban una mano, un pulmón, y ahora, una pierna.